John Dryden

Astraea Redux (1660)

John Donne - Isaac Oliver
John Dryden

Astraea redux es una de las obras más importantes de la etapa temprana del célebre poeta, dramaturgo y traductor inglés John Dryden (1631-1700). Se trata de una oda compuesta en honor a la coronación de Carlos II (1630-1685) como rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda en 1660, hecho que marcó el comienzo de la restauración monárquica. Cabe recordar que su padre, Carlos I, había sido depuesto y ejecutado en 1649, y que, desde entonces y hasta el ascenso de Carlos II, Inglaterra tuvo un gobierno nominalmente republicano que no sobrevivió a la muerte de su líder único, Oliver Cromwell.

El título en latín del poema alude a un regreso de Astrea, diosa griega de la justicia. En él, Dryden celebra la vuelta de la monarquía y la entronización de Carlos, pero también critica y se despega “elegantemente” del gobierno parlamentario, a pesar de que, tan solo un año antes, había publicado un poema elegíaco, Heroic Stanzas, en honor a la muerte del propio Cromwell. En cualquier caso, la oda a Carlos fue un éxito rotundo que cimentó su fama como poeta y le granjeó el favor real. La carrera posterior de Dryden fue tan prominente que, en 1668, se convirtió en el primer Poeta Laureado de Inglaterra, y la literatura de la Restauración pasaría a denominarse, en épocas posteriores, como la Era de Dryden. Desde su muerte hasta el día de hoy, se lo ha considerado uno de los más grandes poetas de la lengua inglesa.

Desde el punto de vista formal, Astraea Redux emplea el verso predilecto del inglés, el pentámetro yámbico, en dísticos con rima consonante, forma también arquetípica de la poesía en este idioma. Mi traducción, en cambio, adopta una estrofa diferente: el sexteto lira, una variación en seis versos de la estrofa española conocida como lira, que es un quinteto de endecasílabos y heptasílabos con un esquema de rimas consonantes relativamente fijo: 7A-11B-7A-7B-11B. El sexteto lira añade un verso al quinteto y presenta mayor variabilidad en su composición; así, en mi caso, opté por el siguiente esquema con rima también consonante: 7A-11B-7B-11A-7C-11C. Ahora bien, ¿por qué elegí para mi traducción una forma tan distinta de la original? Responder a esa pregunta precisa de un poco de contexto.

En realidad, este es un paso más en mis estudios y experimentos con la traducción de poesía métrica, tal vez el más exigente hasta ahora por su extensión y uso de rimas consonantes. Para empezar, se presentó el problema de traducir el pentámetro yámbico inglés al español. En general, se considera que el equivalente más próximo de este verso en la lengua castellana es el endecasílabo, tanto en términos de su extensión (en ambos casos, la última sílaba acentuada es la décima) como de su preponderancia en las respectivas tradiciones poéticas. Pero, en vista de la mayor prevalencia de monosílabos y el mayor grado de condensación semántica del inglés, es sumamente difícil preservar el contenido significante de un solo verso pentamétrico en un solo verso endecasílabo español. (Recomiendo leer este breve artículo de Pablo Ingberg para la revista Hablar de poesía, que explica muy bien este asunto). Por esta razón, en muchos casos se apeló al alejandrino, que también es un metro de antiguo cuño en la poesía castellana y que, por su mayor extensión (en promedio, catorce sílabas), suple la falta de espacio para transmitir el contenido, preservando a la vez la regularidad métrica. De hecho, mis traducciones de Obsequies to Lord Harington de John Donne y On Monsieur’s Departure de Isabel I de Inglaterra se basan en esta propuesta.

Sin embargo, esa solución no ha sido universalmente aceptada. Hace unos pocos meses asistí a una conferencia que brindó, en la Universidad del Salvador, Miguel Ángel Montezanti, gran traductor argentino de la obra poética de Shakespeare (ha publicado, por ejemplo, dos versiones de los sonetos completos —una en lengua castellana “clásica” y otra en variante rioplatense— y traducciones en verso de Venus y Adonis y La violación de Lucrecia) y de tantísimos poetas antiguos y contemporáneos. En esa ocasión, el profesor Montezanti se refirió, entre otras cuestiones, al problema de la equivalencia del pentámetro y comentó que, si bien admitía las dificultades y “pérdidas” que conlleva elegir el endecasílabo, esta decisión le parecía la más orgánica en cuanto al ritmo y la eufonía, es decir, a la musicalidad. Adujo, por ejemplo, que el alejandrino es un verso que suena más pesado que el pentámetro yámbico inglés o el endecasílabo castellano en vista de su mayor extensión, claro, pero también por causa de la cesura obligada entre sus hemistiquios heptasilábicos. La cesura, presente pero no estricta en el pentámetro o el endecasílabo, lleva a marcar una pausa intermedia que impone una diferencia sustantiva entre el ritmo del alejandrino y los otros dos metros. (Vale aclarar que, durante esa misma conferencia, el profesor Montezanti en ningún momento desestimó la validez de las demás opiniones, e incluso refirió haber utilizado el alejandrino para traducir poemas pentamétricos en los que el contenido semántico le parecía demasiado relevante como para sacrificarlo a expensas del ritmo). Así, por caso, en su traducción de La violación de Lucrecia de Shakespeare —primera versión castellana que conserva la peculiar estrofa y las rimas del original—, empleó el endecasílabo con singular destreza para lograr un poema en verdad admirable, aun aceptando que ciertos elementos quedan descartados en el pasaje de uno a otro idioma. En resumen, el dilema entre endecasílabo y alejandrino como alternativas de traducción para el pentámetro yámbico nos lleva a optar o por una mayor afinidad y proximidad con las cualidades formales de este último verso o por la capacidad de transmitir con mayor precisión el contenido semántico del poema original.

Toda esta discusión, empero, da por sentado algo que quizá no hayamos siquiera notado, y es el presupuesto de que a la traducción de un verso le corresponde, forzosamente, un solo verso (me refiero aquí a cada línea de un poema). Esta equivalencia es esperable, tal vez, entre el inglés y el español, a causa de la relativa proximidad morfológica, cultural e histórica de ambas lenguas y, en menor medida, de sus sistemas poéticos. Pero, ¿qué ocurre al traducir entre idiomas, tradiciones estéticas y sistemas poéticos mucho más disímiles? Como expliqué brevemente en mis traducciones del poema 101 de Catulo y en un intento anterior con los poemas Prophetiae Sibyllarum musicalizados por Orlando di Lasso, las estructuras rítmicas básicas y las expectativas estéticas de las poéticas griega y latina antiguas son tan diferentes a las del inglés y el español que, a lo largo de la historia, se han ensayado múltiples maneras de traducir por fuera del presupuesto “un verso por un verso” (aunque esto también se ha intentado).

Algunas de estas alternativas no buscaron tanto una equivalencia de aspectos formales (por ejemplo, imitación de la extensión de un verso o del esquema de rimas de una estrofa), como una equivalencia funcional entre versos y estrofas que, en la lengua de traducción, tuvieran un uso tradicional similar al de las formas empleadas en el original. Esto podía suponer, también, una suerte de adaptación estética: se compensaban las características rítmicas y sonoras del original que fueran irreproducibles o muy disímiles por otras que se consideraran igual de expresivas o deseables en la poética de llegada. Un caso muy claro es el de la rima, efecto sonoro ausente en la poesía grecolatina antigua, pero casi indispensable en la poesía del Siglo de Oro y el renacimiento y barroco inglés.

Por mencionar tan solo unos pocos ejemplos, tenemos, en español, la traducción de Juan de Arjona (c. 1560-1630) basada en la Tebaida del poeta romano Estacio (c. 45-c. 96), poema épico en hexámetros dactílicos (metro adecuado para las composiciones épicas en la poesía grecorromana antigua). Arjona empleó la octava real, estrofa de ocho endecasílabos con rimas A-B-A-B-A-B-C-C que, además de sus antecedentes en la poesía española, ya se había asentado como forma apropiada para el género épico en la poesía italiana, donde había tenido origen. Como ejemplo del género lírico, se puede mencionar a Fray Luis de León (1527-1591) y sus traducciones de poemas de Horacio (65 a. C.-8 a. C.) en liras y sextetos lira. Con el mismo criterio traductivo, Fray Luis también trajo el Libro de Job del hebreo al castellano empleando el terceto encadenado (la terza rima que había creado Dante Alighieri (1265-1321) en la Divina comedia).

Con respecto al inglés, es célebre el caso de George Chapman (c. 1559-1634), quien tradujo la Ilíada en heptámetros y la Odisea en pentámetros, en ambos casos yámbicos y con rima pareada. El mismo Dryden utilizó el pentámetro yámbico pareado en su versión inglesa de la Eneida de Virgilio (70 a. C.-19 a. C.), y en sus traducciones de Horacio apeló a combinaciones de tetrámetros, pentámetros y alexandrines (hexámetros) yámbicos, también rimados.

Esta acotadísima lista —que deliberadamente se ciñe a traducciones de la época de John Dryden y el siglo precedente— no busca ser exhaustiva. Mucho menos pretende establecer una preceptiva respecto de un uso “correcto” y único para tal o cual forma poética según el género o el tema. Solo sirve para ilustrar una concepción sobre cómo traducir la forma, concepción que tuve en mente cuando traté de encontrar una salida al impasse del pentámetro yámbico y los metros castellanos antes de emprender mi traducción de Astraea Redux. ¿En qué consistió la respuesta? En una ecuación sencilla: si, históricamente, en tiempos cercanos a este poema; ante el mismo problema (la mayor o menor asimetría formal) con respecto al mismo acervo poético (las obras de la antigüedad grecolatina); tanto los traductores en lengua inglesa como en lengua española habían recurrido a la misma técnica; entonces también se podía hacerlo para el pasaje de un poema del inglés al español. Bastaría con comparar las formas que las tradiciones inglesa y española hubieran utilizado para traducir las mismas obras de la antigüedad, o bien, con equiparar formas que se utilizaran para la composición de obras originales del mismo género en épocas similares.

Mi objetivo para la traducción de esta obra de Dryden pasó a ser doble: en primer lugar, ejercitarme en el empleo de rimas consonantes (cosa que había evitado hasta ahora, a excepción de mis versiones de Catulo 101 en sonetos castellano e inglés); en segundo lugar, encontrar una alternativa al uso de alejandrinos para traducir el pentámetro yámbico, aunque sin sacrificar, en lo posible, la carga semántica del original. Por supuesto, esto suponía excluir la equivalencia uno a uno entre versos del original y de la traducción, en pro de hallar otro tipo de equivalencia estrófica basada en las tradiciones poéticas.

A lo largo de su vida, Dryden utilizó profusamente el pareado de pentámetros yámbicos, por ejemplo, para su ya mencionada traducción de la épica Eneida, pero también en sátiras, en obras alegóricas de carácter serio (como The Hind and the Panther) y también en poemas líricos, como Astraea Redux, que suele catalogarse como una oda o panegírico. Por eso, mi primer plan fue emplear la lira —estrofa que Fray Luis de León (por nombrar un caso) había utilizado en tantísimas odas— por cada par de versos del original. Para hacerme una idea de cuán adecuada o cómoda sería esta opción, adopté un criterio basado en una proporción aproximada respecto de la cantidad de sílabas.

El criterio era el siguiente: si, como ya expliqué, el alejandrino es a muy grandes rasgos un metro apto para transmitir el contenido semántico de un pentámetro yámbico, se puede suponer que una proporción deseable para traducir con cierta comodidad se acercaría a 14 sílabas en español (el promedio de los versos alejandrinos, a pesar de que tal cifra sea variable) por cada 10 del inglés. Según este criterio, una estrofa de la lira castellana (7+11+7+7+11 = 43) sería demasiado ancha para traducir las 20 sílabas de un pareado inglés (excede por mucho la proporción deseable de 28 a 20), pero demasiado angosta para las 40 sílabas de dos pareados (debería ubicarse en torno a las 56 sílabas en español). Por supuesto, otra opción hubiera sido no buscar una equivalencia estrófica regular entre original y traducción, y sencillamente traducir en liras “lo que dice el poema” (algo así ocurre en la Tebaida castellana de Arjona, por caso). Sin embargo, me pareció mejor buscar esa regularidad de algún modo, para preservar, en tanto fuera posible, la contención lógica y sintáctica de los dísticos de Dryden (que es, de hecho, una de las características más apreciables de su estilo). Si la lira, con sus cinco versos, presentaba este inconveniente, ¿qué pasaría con la versión de seis versos, el sexteto lira? Al agregarle las 11 sílabas del endecasílabo extra, se alcanzarían las 54 sílabas, acercándose muchísimo a la proporción de 56 a 40. Esto garantizaría una equivalencia aceptable de dos dísticos en inglés por cada un sexteto en mi versión, proporción que se mantiene a lo largo de todo el poema salvo en el pasaje de los versos 225-229 del original, donde en lugar de un dístico Dryden introdujo un trístico (el único en este poema), y en los últimos seis versos, donde elegí asignar un sexteto por cada tres versos para evitar un desequilibrio demasiado pronunciado.

Mi versión, el resultado de todo este proceso por demás laborioso, quedará, como siempre, a juicio del lector. Lo último que me gustaría agregar es que, a nivel personal, este trabajo representó la superación de un desafío y la llegada a una meta que, no mucho tiempo atrás, me parecía inalcanzable. Jamás me había animado a traducir un poema de estas características empleando una forma fija con rimas consonantes, sencillamente porque no creía ser capaz de ello. La explicación que ofrecí —incluyendo las referencias a mis traducciones anteriores como pasos previos— solo pretende dar cuenta de cómo llegué a superar ese temor, sin considerar, por cierto, que haya descubierto nada original ni ensayado algo inexplorado. Lejos de la vanagloria, mi intención es que esta versión de la Astraea redux de John Dryden y el texto que la precede, sean pocos o muchos sus aciertos y sus defectos, sirvan para ilustrar mi firme creencia en que, en la traducción, como en todo arte, la base del crecimiento son el esfuerzo, el estudio, la paciencia y la aceptación de los propios errores. Y eso —no tengo dudas— está al alcance de todos.

Astraea Redux

Now with a general peace the world was blessed,
While ours, a world divided from the rest,
A dreadful quiet felt, and worser far
Than arms, a sullen interval of war:

-Thus when black clouds draw down the labouring skies,
Ere yet abroad the wingèd thunder flies,
An horrid stillness first invades the ear,
And in that silence we the tempest fear.

Th’ ambitious Swede like restless billows tossed,
On this hand gaining what on that he lost,
Though in his life he blood and ruin breathed,
To his now guideless kingdom peace bequeathed;

And heaven that seemed regardless of our fate,
For France and Spain did miracles create,
Such mortal quarrels to compose in peace
As nature bred and interest did increase.

We sighed to hear the fair Iberian bride
Must grow a lily to the lily’s side,
While our cross stars denied us Charles his bed
Whom our first flames and virgin love did wed.

For his long absence church and state did groan,
Madness the pulpit, faction seized the throne;
Experienced age in deep despair was lost
To see the rebel thrive, the loyal crossed;

Youth that with joys had unacquainted been
Envied grey hairs that once good days had seen:
We thought our sires, not with their own content,
Had ere we came to age our portion spent.

Nor could our nobles hope their bold attempt
Who ruined crowns would coronets exempt:
For when by their designing leaders taught
To strike at power which for themselves they sought,

The vulgar, gulled into rebellion, armed;
Their blood to action by the prize was warmed.
The sacred purple then and scarlet gown
Like sanguine dye to elephants was shown.

Thus when the bold Typhoeus scaled the sky,
And forced great Jove from his own heaven to fly,
(What king, what crown from treason’s reach is free,
If Jove and heaven can violated be?)

The lesser gods that shared his prosperous state
All suffered in the exiled Thunderer’s fate.
The rabble now such freedom did enjoy
As winds at sea that use it to destroy:

Blind as the Cyclops, and as wild as he,
They owned a lawless salvage liberty,
Like that our painted ancestors so prized
Ere empire’s arts their breasts had civilized.

How great were then our Charles his woes, who thus
Was forced to suffer for himself and us!
He, tossed by Fate, and hurried up and down,
Heir to his father’s sorrows with his crown,

Could taste no sweets of youth’s desired age,
But found his life too true a pilgrimage.
Unconquered yet in that forlorn estate,
His manly courage overcame his fate.

His wounds he took like Romans on his breast,
Which by his virtue were with laurels dressed.
As souls reach heaven while yet in bodies pent,
So did he live above his banishment.

That sun which we beheld with cozened eyes
Within the water, moved along the skies.
How easy ‘tis when Destiny proves kind
With full-spread sails to run before the wind;

But those that ‘gainst stiff gales laveering go
Must be at once resolved and skilful too.
He would not like soft Otho hope prevent
But stayed and suffered Fortune to repent:

These virtues Galba in a stranger sought,
And Piso to adopted empire brought.
How shall I then my doubtful thoughts express
That must his sufferings both regret and bless!

For when his early valour heaven had crossed,
And all at Worcester but the honour lost,
Forced into exile from his rightful throne
He made all countries where he came his own;

And viewing monarchs’ secret arts of sway
A royal factor for their kingdoms lay.
Thus banished David spent abroad his time,
So When to be God’s anointed was his crime,

And when restored made his proud neighbours rue
Those choice remarks he from his travels drew.
Nor is he only by afflictions shown
To conquer others’ realms, but rule his own:

Recov’ring hardly what he lost before,
His right endears it much, his purchase more.
Inured to suffer ere he came to reign,
No rash procedure will his actions stain;

To business ripened by digestive thought,
His future rule is into method brought:
As they who first proportion understand
With easy practice reach a master’s hand.

Well might the ancient poets then confer
On night the honoured name of counsellor,
Since struck with rays of prosperous fortune blind,
We light alone in dark afflictions find.

In such adversities to sceptres trained,
The name of Great his famous grandsire gained;
Who yet a king alone in name and right,
With hunger, cold and angry Jove did fight;

Shocked by a covenanting league’s vast powers,
As holy and as catholic as ours,
Till Fortune’s fruitless spite had made it known
Her blows not shook but riveted his throne.

Some lazy ages, lost in sleep and ease,
No action leave to busy chronicles;
Such whose supine felicity but makes
In story chasms, in epoches mistakes;

O’er whom Time gently shakes his wings of down
Till with his silent sickle they are mown:
Such is not Charles his too, too active age,
Which governed by the wild distempered rage

Of some black star infecting all the skies,
Made him at his own cost like Adam wise.
Tremble ye nations who, secure before,
Laughed at those arms that ‘gainst ourselves we bore;

Roused by the lash of his own stubborn tail
Our lion now will foreign foes assail.
With alga who the sacred altar strows?
To all the sea-gods Charles an offering owes:

A bull to thee, Portunus, shall be slain,
A lamb to you, the tempests of the main:
For those loud storms that did against him roar
Have cast his shipwracked vessel on the shore.

Yet as wise artists mix their colours so
That by degrees they from each other go,
Black steals unheeded from the neighbouring white
Without offending the well-cozened sight:

So on us stole our blessed change, while we
Th’ effect did feel, but scarce the manner see.
Frosts that constrain the ground, and birth deny
To flowers, that in its womb expecting lie,

Do seldom their usurping power withdraw,
But raging floods pursue their hasty thaw:
Our thaw was mild, the cold not chased away,
But lost in kindly heat of lengthened day.

Heaven would no bargain for its blessings drive,
But what we could not pay for, freely give.
The Prince of Peace would, like himself, confer
A gift unhoped without the price of war:

Yet as he knew his blessing’s worth, took care
That we should know it by repeated prayer,
Which stormed the skies and ravished Charles from
_thence,
As heaven itself is took by violence.

Booth’s forward valour only served to show
He durst that duty pay we all did owe:
Th’ attempt was fair, but heaven’s prefixed hour
Not come; so like the watchful traveller

That by the moon’s mistaken light did rise,
Lay down again, and closed his weary eyes.
‘Twas Monck whom Providence designed to loose
Those real bonds false freedom did impose.

The blessed saints that watched this turning scene
Did from their stars with joyful wonder lean
To see small clues draw vastest weights along,
Not in their bulk but in their order strong.

Thus pencils can by one slight touch restore
Smiles to that changed face that wept before.
With ease such fond chimeras we pursue
As fancy frames for fancy to subdue,

But when ourselves to action we betake
It shuns the mint like gold that chymists make.
How hard was then his task, at once to be
What in the body natural we see

Man’s architect distinctly did ordain
The charge of muscles, nerves and of the brain;
Through viewless conduits spirits to dispense,
The springs of motion from the seat of sense.

‘Twas not the hasty product of a day,
But the well-ripened fruit of wise delay.
He like a patient angler, ere he strook
Would let them play a while upon the hook.

Our healthful food the stomach labours thus,
At first embracing what it straight doth crush.
Wise leeches will not vain receipts obtrude,
While growing pains pronounce the humours crude;

Deaf to complaints, they wait upon the ill
Till some safe crisis authorize their skill.
Nor could his acts too close a vizard wear
To scape their eyes whom guilt had taught to fear,

And guard with caution that polluted nest
Whence Legion twice before was dispossessed;
Once sacred house which when they entered in
They thought the place could sanctify a sin,

Like those that vainly hoped kind heaven would wink
While to excess on martyrs’ tombs they drink:
And as devouter Turks first warn their souls
To part, before they taste forbidden bowls,

So these when their black crimes they went about
First timely charmed their useless conscience out.
Religion’s name against itself was made;
The shadow served the substance to invade:

Like zealous missions they did care pretend
Of souls in show, but made the gold their end.
Th’ incensed powers beheld with scorn from high
An heaven so far distant from the sky,

Which durst with horses’ hoofs that beat the ground
And martial brass belie the thunder’s sound.
‘Twas hence at length just Vengeance thought it fit
To speed their ruin by their impious wit.

Thus Sforza, cursed with a too fertile brain,
Lost by his wiles the power his wit did gain.
Henceforth their fogue must spend at lesser rate
Than in its flames to wrap a nation’s fate.

Suffered to live, they are like helots set
A virtuous shame within us to beget:
For by example most we sinned before,
And glass-like, clearness mixed with frailty bore.

But since reformed by what we did amiss,
We by our sufferings learn to prize our bliss:
Like early lovers whose unpractised hearts
Were long the May-game of malicious arts,

When once they find their jealousies were vain
With double heat renew their fires again.
‘Twas this produced the joy that hurried o’er
Such swarms of English to the neighbouring shore,

To fetch that prize by which Batavia made
So rich amends for our impoverished trade.
O had you seen from Scheveline’s barren shore
(Crowded with troops, and barren now no more)

Afflicted Holland to his farewell bring
True sorrow, Holland to regret a king;
While waiting him his royal fleet did ride,
And willing winds to their low’red sails denied,

The wavering streamers, flags and standard out,
The merry seamen’s rude but cheerful shout,
And last the cannons’ voice that shook the skies
And, as it fares in sudden ecstasies,
At once bereft us both of ears and eyes.

The Naseby now no longer England’s shame,
But better to be lost in Charles his name
(Like some unequal bride in nobler sheets)
Receives her lord: the joyful London meets

The princely York, himself alone a freight;
The Swiftsure groans beneath great Gloucester’s
_weight.
Secure as when the halcyon breeds, with these
He that was born to drown might cross the seas.

Heaven could not own a providence and take
The wealth three nations ventured at a stake.
The same indulgence Charles his voyage blessed
Which in his right had miracles confessed.

The winds that never moderation knew,
Afraid to blow too much, too faintly blew;
Or out of breath with joy could not enlarge
Their straitened lungs, or conscious of their charge.

The British Amphitryte smooth and clear
In richer azure never did appear;
Proud her returning Prince to entertain
With the submitted fasces of the main.

And welcome now, great monarch, to your own;
Behold th’ approaching cliffs of Albion;
It is no longer motion cheats your view,
As you meet it, the land approacheth you.

The land returns, and in the white it wears
The marks of penitence and sorrow bears.
But you, whose goodness your descent doth show,
Your heavenly parentage, and earthly too;

By that same mildness which your father’s crown
Before did ravish, shall secure your own.
Not tied to rules of policy, you find
Revenge less sweet than a forgiving mind.

Thus when th’ Almighty would to Moses give
A sight of all he could behold and live,
A voice before his entry did proclaim
Long-suffering, goodness, mercy in his name.

Your power to justice doth submit your cause,
Your goodness only is above the laws,
Whose rigid letter while pronounced by you
Is softer made. So winds that tempests brew

When through Arabian groves they take their flight,
Made wanton with rich odours, lose their spite.
And as those lees that trouble it, refine
The agitated soul of generous wine,

So tears of joy for your returning spilt,
Work out and expiate our former guilt.
Methinks I see those crowds on Dover’s strand,
Who in their haste to welcome you to land

Choked up the beach with their still growing store,
And made a wilder torrent on the shore;
While spurred with eager thoughts of past delight,
Those who had seen you court a second sight,

Preventing still your steps, and making haste
To meet you often wheresoe’er you passed.
How shall I speak of that triumphant day
When you renewed th’ expiring pomp of May?

(A month that owns an interest in your name:
You and the flowers are its peculiar claim.)
That star that at your birth shone out so bright
It stained the duller sun’s meridian light,

Did once again its potent fires renew,
Guiding our eyes to find and worship you.
And now time’s whiter series is begun,
Which in soft centuries shall smoothly run;

Those clouds that overcast your morn shall fly
Dispelled to farthest corners of the sky.
Our nation with united interest blessed,
Not now content to poise, shall sway the rest:

Abroad your empire shall no limits know,
But like the sea in boundless circles flow.
Your much-loved fleet shall with a wide command
Besiege the petty monarchs of the land:

And as old Time his offspring swallowed down,
Our ocean in its depths all seas shall drown.
Their wealthy trade from pirates’ rapine free,
Our merchants shall no more adventurers be:

Nor in the farthest east those dangers fear
Which humble Holland must dissemble here.
Spain to your gift alone her Indies owes,
For what the powerful takes not, he bestows;

And France that did an exile’s presence fear
May justly apprehend you still too near.
At home the hateful names of parties cease
And factious souls are wearied into peace.

The discontented now are only they
Whose crimes before did your just cause betray:
Of those your edicts some reclaim from sins,
But most your life and blessed example wins.

O happy prince, whom heaven hath taught the way
By paying vows, to have more vows to pay!
O happy age! O times like those alone


By Fate reserved for great Augustus’ throne!
When the joint growth of arms and arts foreshow
The world a monarch, and that monarch you.

Ya había sido el mundo
con una general paz bendecido;
nuestro mundo, escindido
del resto, soportaba un tremebundo
silencïo que aterra
más que las armas: la áspera entreguerra.Así, al congregarse
las nubes negras, dando esfuerzo al cielo,
previo al lejano vuelo
del trueno alado, el oído siente atarse
a una inmovilidad:
da así quieto pavor la tempestad.

Como una ola abatida
tras otra sin descanso, el sueco ufano,
ganando en esta mano
lo que en la otra perdió, con sangre en vida,
en ruinas cada día,
legó paz a su reino ya sin guía.

El Cielo, de la suerte
nuestra olvidado, dio a Francia y España
la milagrosa hazaña
de llevar paz a ese conflicto a muerte
que la naturaleza
creó y el interés cebó en fiereza.

Suspirando se oía
que del lirio la hermosa novia ibera
ya un nuevo lirio era;
del tálamo de Carlos nos prohibía
nuestro astro malhadado,
a él nuestro fuego de amor virgen dado.

Lloraban por su ausencia
estado e iglesia; el trono ya el fanático,
ya el púlpito el lunático
usurparon; la edad de la experiencia
cayó en el desespero
viendo al rebelde en medro, al leal sin fuero.

La juventud, de gozos
ignorante, envidiaba el pelo cano,
huella de un tiempo sano;
los mayores —creímos—, no dichosos
con lo suyo, la herencia
gastarían ya en nuestra adolescencia.

No podía esperar
el noble que, arruinada la corona
real tras su intentona,
la suya fuera exenta: al atacar
el poder que, vía ardides,
querían para sí sus adalides,

se armó el vulgo, engañado,
su sangre de rebelde hervor y apremio
instilada ante el premio
—la túnica escarlata lo ha incitado,
y el sacro púrpura antes,
cual sanguinas tinturas a elefantes—.

Así, cuando Tifón
bravo escaló al Olimpo, al venerando
Jove del cielo echando
(¿qué corona, qué rey a la traición
se siente invulnerable
si hasta Jove en su cielo es expugnable?),

cada dios subalterno
que compartía su feliz estado
sufrió, en viendo exiliado
al Tonante, su azar. Tal desgobierno
gozó entonces la turba
cual aquel con que el viento el mar perturba.

Cual Cíclope cegado
y fiero, andaban libres y salvajes,
sin leyes ni arbitrajes,
cual tanto a nuestro antecesor pintado
le era de provecho
previo al arte imperial que ha un civil pecho.

¡Cuán inmensos dolores
por él y por nosotros padeció
nuestros Carlos! Lo echó
de un lado a otro el destino entre labores.
De su padre heredero
en la corona, en penas y en esmero,

no había degustado
de la deseada juventud la miel,
pues su vida era un fiel
peregrinar. Mas nunca conquistado
ni en ese estado mohíno,
con varonil coraje venció al sino.

Con un romano celo,
solo ofreció su pecho a las heridas,
por su virtud vestidas
de laureles. Como alma asunta al Cielo
aún en el encierro
del cuerpo, así él sobrepasó al destierro.

Ese sol que observamos
en el agua con ojos en falsía
los cielos recorría.
¡Qué fácil navegar, cuando encontramos
un Destino contento,
con vela henchida y a favor del viento!

Pero el que un ventarrón
virando enfrenta ha de mostrarse astuto
y a la vez resoluto.
Él no quería, como el blando Otón,
rebasar la esperanza:
sufrió hasta ver la Suerte ya en mudanza.

Estas virtudes Galba
las buscó en un extraño, y dio a Pisón
su imperio en adopción.
¡Y cómo expresaré, a modo de salva,
mis duales pensamientos
de loa y dolor por sus padecimientos!

Pues habiendo negado
el cielo su valor precoz, vencido
en Worcester, y perdido
todo salvo su honor, se vio exiliado
del justo trono y tuvo
por propios los países donde estuvo.

Viendo a los soberanos
y sus secretas artes del poder,
se dedicó a ejercer
de agente real. Así vivió en lejanos
países, expelido,
David, reo por ser de Dios ungido,

de quien, ya restaurado,
sufrieron los vecinos orgullosos
aquellos rigurosos
estudios peregrinos. Esforzado
en penas, cuanto impera
al reino ajeno, al propio lo lidera:

recobró con labores
lo perdido, preciado por derecho,
y mucho más, de hecho,
por su obtención. Templado en los dolores
antes de su regencia,
no manchará sus actos de imprudencia:

con razón digestiva,
se volvió en los quehaceres muy maduro,
y al gobierno futuro
dio un método: cual quien de perspectiva
básica mucho entiende
y a obrar con mano experta en breve aprende.

Sería honra oportuna
dar a la noche epíteto de guía
en la antigua poesía,
pues cegados con rayos de fortuna
próspera, solo lumbre
hallamos en la oscura pesadumbre.

Su abuelo de renombre
llegó a llamarse Grande y fue entrenado
en el cetro ante el hado;
siendo aún rey solo en derecho y nombre,
se enfrentó, impetüoso,
al hambre, al frío, a Jove furïoso;

hizo frente a una liga
cual la nuestra en católica y en santa
que casi lo quebranta;
mas con golpes la Suerte, que prodiga
su yerma ira, no bache
hizo en su trono, antes bien, remache.

En las eras cansinas,
perdidas en el sueño y la molicie,
no hay acción que propicie
a la atareada crónica: supinas
dichas que dejan hoyos
en la historia; en las épocas, escollos.

Sobre ellas bate alas
de blanda pluma el Tiempo, hasta el desbrozo
con rozón silencioso;
no fue así la afanosa era sin galas
de Carlos, dirigida
por la furia salvaje y desmedida

de un negro astro que al cielo
todo infectó, y a él lo hizo, como Adán,
sabio en pena y afán.
¡Tiemblen naciones que, antes sin desvelo,
rieron al ver usada
en nuestra contra nuestra propia espada!

Azuzado a trallazos
con su cola obstinada, nuestro león
ya se mueve a agresión
contra el extraño. ¿Quién tiende sargazos
en el sagrado altar?
Carlos ofrenda a cada dios del mar:

un toro en sacrificio
a ti, Portuno; a ustedes, Tempestades,
por todas sus fieldades,
un cordero: el tifón que hizo estropicio
y contra él bramó en guerra
llevó, empero, su pecio hasta la tierra.

Pero, así como el listo
artista mezcla los colores y hace
que se esfumen por fase,
y el negro se escabulle sin ser visto
de su blanco aledaño,
sin molestar la vista, en buen engaño;

nuestro cambio contento
se nos coló, dando a sentir su efecto
y no así su respecto.
La helada oprime al suelo, al nacimiento
de la flor pone freno,
dejándola expectante allí en su seno;

no depone su brío
usurpador: solo se descongela
con furiosa procela.
Nuestro deshielo fue templado: al frío
no echaba, reducía,
al calor tierno de un extenso día.

No hacía con bendiciones
negocio el Cielo, y cuanto no podíamos
pagar, gratis teníamos.
Príncipe de la Paz, todos tus dones
no esperados nos diste
no al costo que la guerra en sí reviste.

Mas diste en revelarlos
—sabes que tanto en tu favor mereces—
tras incontables preces
que asaltaron los cielos: nuestro Carlos
fue raptado de allí,
pues la violencia toma al Cielo así.

Booth, de valor atento,
solo alcanzó a mostrar que, con tesón,
pagó esa obligación
que a todos nos compete: un justo intento,
mas no a la hora que el Cielo
fijara, cual viajero en su desvelo

que a la luz de la luna
despierta por error, se echa en tierra
y con cansancio cierra
los ojos. Monck fue a quien marcó Fortuna
para soltar la vera
traba que libertad falsa impusiera.

Los santos ya benditos
seguían estos giros, asombrados,
jovialmente asomados
a sus astros por ver unos hilitos
halar pesos ingentes,
no en volumen, en orden sí, potentes.

El pincel restituye,
con un ligero toque, a la figura
mudada de amargura,
su riso. La imaginación construye
quimeras cuyo viento
perseguimos hasta el sometimiento,

pero cuando al hacer
nos damos, del crisol se aparta y dista
más que oro de alquimista.
Cuán difícil fue entonces el deber
de Monck, que hizo a la vez
lo que en el cuerpo natural bien ves

que asignó el Arquitecto
del hombre al músculo, a su nervio y seso
con repartido peso:
traer espíritus por un no detecto
ducto y dar movimiento
desde la sede del entendimiento.

No fue un precipitado
producto hecho en un día; fue la fruta
madura de la astuta,
sabia mora. Él, cual pescador templado,
no atacó de inmediato:
los vio jugar con el anzuelo un rato.

Con las comidas sanas,
así obra nuestro estómago: en sí incluye
lo que luego destruye.
Los buenos médicos no expiden vanas
recetas si el dolor
creciente expone un indigesto humor;

cuidan, sin oír zozobras,
al enfermo hasta que una crisis cierta
ceda a su mano experta.
Ni aquel podía enmascarar sus obras
para huir del ojo ajeno
—pues la culpa enseñó un temor sin freno—

o velar en avieso
el nido infecto del que Legïón
sufrió doble expulsión;
casa otrora sagrada que, a su ingreso,
creyeron que ante su ara
todo pecado allí santificara,

como esos vanidosos
que ansiaban que cerrara el cielo su ojo
y bebían a su antojo
en la tumba del mártir: cual piadosos
turcos, que echan solícitos
su alma antes de gustar vasos ilícitos,

así estos preparaban
sus negros crímenes, borrando aprisa
su conciencia remisa
con ensalmos. Por religión luchaban,
pero contra ella misma:
sombra que invade a la sustancia, en cisma.

Con misionero celo,
fingían cuidar las almas con decoro
pero su fin fue el oro.
Las airadas potencias, con recelo,
desde su alto sitial,
veían un cielo nada celestial,

que osó, chocando el piso
con cascos de caballos, con marciales
trompas, falsear los reales
sones del trueno. Y finalmente quiso
la Venganza inclemente
urgir su ruina por su impía mente.

Así Sforza, maldito
con un cerebro por demás copioso,
perdió, con ser mañoso,
el poder que ganó su genio. Ignito
su furor, su pasión,
se ahogarán sin que abrasen la nación.

Su vida toleramos
cual si fueran ilotas, pues vergüenza
virtuosa nos dispensa:
siguiendo ejemplos mucho antes pecamos,
mezclando claridad
—como un espejo— con fragilidad.

Mas de nuestro error de antes
ya reformados, nuestro gran pesar
nos hizo atesorar
nuestro gozo: cual jóvenes amantes,
hazmerreír de burlones
artes por sus novatos corazones,

que, al hallar que era vano
su celo, avivan con un doble ardor
sus fuegos. Con fervor
la inglesa gente, y con talante ufano,
en muchedumbre tal
se apresuró al vecino litoral

a llevarse al preciado
que a Batavia repuso ricamente
nuestro entonces carente
comercio. ¡Ah, si hubieras admirado
la Scheveningen yerma,
ya de tropas colmándose sin merma,

cuando Holanda, apenada,
a su adiós trajo una aflicción tamaña:
Holanda a un rey extraña!
Ya a bordo de su flota real, privada
aún su vela de brisas
dispuestas, el despliegue de divisas,

pendones y estandartes,
los rudos nautas con vivaz revuelo,
los cañones que al cielo
batían con sus voces, cual no en partes
un arrobo el sentido,
al punto nos quitaron ojo y oído.

La Naseby, antes bochorno
de Inglaterra, hora de perderse en nombre
de Carlos, nuestro prohombre,
digna (cual, a un más noble lecho en torno,
esposa desigual),
recibe a su señor; va en la jovial

London, York, magno asaz,
él solo un cargamento; sufre el peso
de Gloucester con acezo
la Swiftsure. Como alción que anida en paz,
si ellos van a la par,
quien nació para ahogarse cruza el mar.

No habría providencia
en el Cielo si en juego se pusieran
los bienes que invirtieran
tres naciones. La misma indulgencia
que a su viaje dio aliento
había obrado por Carlos gran portento.

Vientos que de mesura
nada sabían poco y nada en tanto
soplaban, por espanto
al exceso; dejó o la ventura
sin aire sus compresos
pulmones o el recato por sus pesos.

La Anfitrita británica,
en calma y clara, no mostró nunca antes
azures más brillantes,
orgullosa de honrar en su oceánica
dignidad el regreso
del príncipe con fasces en deceso.

Y ahora ya te avista,
gran rey, y te saluda tu nación;
mira acercarse a Albión
con sus acantilados, no a la vista
el movimiento tima:
tú la buscas, la tierra a ti se arrima.

Ya la tierra regresa
y ese blanco que viste es evidencia
de pena y penitencia.
Pero ahora a ti, cuya bondad profesa
tu estirpe celestial
y también tu ascendencia terrenal,

esa moderación,
que antes robó a tu padre el trono suyo,
te apuntalará el tuyo.
No atado a reglas de gobernación,
no hallas en la venganza
el dulzor de apiadarte con templanza.

Así, cuando el Altísimo
dio a Moisés toda vista permitida
conservando aún su vida,
una voz proclamó de Su santísimo
nombre toda bondad,
lo lento de su enojo y la piedad.

A lo justo procura
uncir tu causa tu poder de rey.
Solo tu bien la ley
rebasa: blanda hace su letra dura
tu boca si la enuncia,
tal como el viento que tormenta anuncia,

que, al recorrer volando
las arboledas árabes, ahitado
de tanto olor preciado,
pierde su encono. Así como, turbando
al vino generoso,
las lías refinan su alma no en reposo,

las lágrimas de gozo
por tu regreso hacen la labor
de expiar nuestra anterior
culpa. Creo ver de vuelta el alborozo
que en Dover aglomera
al gentío que se apura a la ribera

para verte y que atesta
la playa con reserva inagotable,
creando un más indomable
torrente en tierra; con memoria presta
de vivencias amenas,
quien te vio cortejar otras escenas

de ti va por delante
y en cualquier ocasión, en cualquier parte,
se apresura a encontrarte.
¿Cómo hablaré de aquel día triunfante,
cuando a mayo otorgaste
nueva vida a su pompa ya en desgaste?

(Mes que tiene un porciento
sobre tu nombre: tú y las flores vivas
son sus prerrogativas).
Aquella estrella que en tu nacimiento
tan brillante fulgía
que opacó al tenue sol del mediodía

volvió a avivar su intensa
llama, que a nuestros ojos guio a hallarte
para poder loarte.
Y una serie del tiempo ya comienza
más alba, itinerario
suave por más de un mole centenario;

dispersos, los nublados
que cubrieron tu albor se irán al vuelo
a las lindes del cielo.
La nación nuestra, con unificados
valores, no contenta
con solo erguirse, al resto el peso enfrenta:

Afuera, no habrá cota
a tu imperio, que fluye y todo aquista
como el mar, sin arista,
en círculo. Tu tan querida flota,
con dominio, la guerra
traerá a los reyezuelos de la tierra:

como tragaba el viejo
Tiempo a su prole, mares traerá a lo hondo
nuestro océano sin fondo.
Nuestros mercantes, libre su aparejo
del pirata rapaz,
ya no tendrán que aventurarse más,

ni en el lejano oriente
temer los riesgos que la humilde Holanda
a disimular manda.
España debe solo a tu presente
sus Indias, pues el fuerte
aquello que no toma lo revierte;

Francia, que a un exiliado
receló en su presencia, todavía
teme tu cercanía.
Aquí, el mote insultante ha cesado
entre bandos, y al alma
facciosa el tedio pacifica y calma.

Solo está disgustado
quien a tu causa justa hizo traición
e infame transgresión.
A algunos los recobran del pecado
tus edictos; a tantos
ganan tu vida y tus ejemplos santos.

¡Oh, bienaventurado
príncipe, a quien el Cielo ha instruido,
con tu voto cumplido,
en acrecer el voto en ti inspirado!
¡Oh, edad excelente!
¡Oh, tiempos como aquel que solamente

los Hados reservaron
para Augusto y su trono afortunado,
cuando en su concertado
florecer, armas y artes preanunciaron
al mundo y fueron marca
de un reinado contigo por monarca!

Charles II - Coronation Portrait by John Michael Wright
Retrato de la coronación de Carlos II, John Michael Wright
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