Michael Augros

Reconciling science
with natural philosophy (2004)

Michael Augros
Michael Augros

Este texto se encuentra en la página del Institute for the Study of Nature (isnature.org). El Dr. Michael Augros es profesor en Thomas Aquinas College y se especializa en la filosofía aristotélico-tomista. Uno de sus principales intereses es la relación entre la ciencia moderna y estudio filosófico, como dos maneras distintas de obtener conocimiento a las que no considera opuestas, sino complementarias. Se puede hallar más información sobre su trabajo en el perfil de Thomas Aquinas College (thomasaquinas.edu/about/michael-augros). Le agradezco por su amabilidad y por permitirme traducir este artículo.

La conciliación de la ciencia y la filosofía de la naturaleza

El desarrollo de la ciencia formó o influyó en casi todos los aspectos de la cultura moderna. Una de sus consecuencias fue la aparente defunción de la filosofía de la naturaleza, que se percibió como un primer intento erróneo por hacer lo que la ciencia hace ahora de manera correcta. Hasta el día de hoy, se puede leer ocasionalmente algún manual de física que comienza con críticas a Aristóteles, el filósofo de la naturaleza par excellence, por sus errores sobre los cuerpos en caída, las estrellas o los elementos. Algunos historiadores conceden que no se hubiera podido esperar más del Filósofo, tan falto de recursos como estaba, sin telescopios y demás parafernalia científica. Otros destacan que él mismo se disculpó por atreverse a hablar sobre cosas que no podía observar:

Consideramos el celo de aquel cuya sed de filosofía lo lleva a aceptar hasta los indicios más leves cuando es difícil orientarse como prueba de modestia, más que de exceso de confianza1.

Por el tipo de experiencia a su disposición, Aristóteles jamás podría haber obtenido mucho más que concepciones insuficientes sobre los astros. No podía identificar correctamente siquiera los elementos de la familiar y humilde Tierra. Parecía apropiado, entonces, que los filósofos cedieran el estudio de la naturaleza en su totalidad a aquellos mejor preparados para la tarea2.

Pero los filósofos no se pueden dar este lujo. Una vez abandonado todo intento por filosofar sobre la naturaleza, ¿en qué se convierte la filosofía? ¿Qué queda? ¿Debemos filosofar sobre Dios? ¿O la inmortalidad del alma? Si los principios y los métodos de la filosofía prueban ser poco confiables con respecto a las cosas que podemos manipular, ¿podemos confiar en ellos para estudiar lo que está más allá de nuestra experiencia? Resulta poco creíble. Peor aún, si los filósofos dejan de hablar sobre el mundo natural, entonces tampoco la ética, a pesar de su preocupación por nuestras acciones, podría proceder sin el permiso de los científicos, sino que se vería obligada a aguardar su sentencia final, por ejemplo, en relación con la cuestión de la libertad humana. Cuando los científicos, que solo usan los métodos a los que están acostumbrados, no estiman necesarias ciertas cosas como el libre albedrío, el alma, la intención en la naturaleza y tantas otras, se prestan a considerarlas hipótesis obsoletas, inventadas en una época en la que el estudio serio de la naturaleza no era ni posible ni aún concebido, cuando las personas tenían una visión animista y antropomórfica del mundo. En otras palabras, los filósofos de la naturaleza no están extintos; desaparecieron de las cátedras de filosofía tan solo para reaparecer en las cátedras de ciencia.

Hace ya cierto tiempo existe un divorcio desafortunado entre la “ciencia” y la “filosofía de la naturaleza”, divorcio que —hasta cierto punto— me veo forzado a reconocer, en razón del habla común. Aunque existe una diferencia real entre los métodos que se usan en el estudio más general de la naturaleza y los que se usan en los estudios más detallados, tales diferencias no ameritan una distinción de disciplinas. Una misma disciplina puede necesitar muchos métodos distintos para poder abordar su objeto de estudio propio. Los físicos recurren a veces a experimentos mentales; otras veces, hacen experimentos físicos. Los astrónomos usan a veces telescopios ópticos; otras veces, necesitan radiotelescopios. Los biólogos observan a veces a un animal íntegro en acción; otras veces, lo diseccionan. Sin embargo, la mayoría de los filósofos que no hicieron a un lado la naturaleza por completo restringieron “la filosofía de la naturaleza” al estudio más general de la naturaleza, donde, como veremos, la certeza es alcanzable y las hipótesis y los experimentos son innecesarios. A su vez, los científicos confinaron a la “ciencia” a un estudio de la naturaleza por medio de hipótesis y experimentos. Esto no fue siempre así. En la época de Aristóteles, así como en la de Tomás de Aquino, no existía distinción entre el filósofo de la naturaleza y el científico. La ciencia natural es una disciplina filosófica, aunque precisa muchos métodos diferentes. Incluso en la época de Newton, aún era común denominar a la física como “filosofía”3.

La distinción entre ciencia y filosofía de la naturaleza es, sin dudas, artificial para cualquier amante de la sabiduría que desee comprender todas las cosas tanto como sea posible. Un estudio que comienza con el asombro4 difícilmente podría detenerse cuando surgen las preguntas más asombrosas, por la mera razón de que no podamos tener certeza en las respuestas. Para los científicos también resulta antinatural esta distinción. Si estudian la naturaleza por curiosidad, ¿ignorarían cualquier fuente de conocimiento genuino sobre ella? ¿No se alegrarían, más bien, ante la posibilidad de conocer con certeza al menos algunas cosas sobre la naturaleza, por más sencillas y generales que fueran? No tiene sentido distinguir dos disciplinas que buscan entender el mismo objeto de estudio a la misma luz, es decir, a la luz de la experiencia sensible. Numerar disciplinas con base en el número de métodos utilizados es regresivo: el objeto de estudio es mucho más fundamental5. Si se define una disciplina según un único método, entonces su objeto de estudio pasa a ser “lo que sea que pueda comprenderse con ese método”. Asimismo, “la filosofía de la naturaleza” tiene por objeto de estudio “lo que sea que pueda comprenderse con certeza sobre la naturaleza a partir de la experiencia general”, y el objeto de estudio de la “ciencia” se vuelve “lo que sea que se pueda aprender sobre la naturaleza a partir de experimentos”6.

Santo Tomás de Aquino - Bartolomé Esteban Murillo
Santo Tomás de Aquino, Bartolomé Esteban Murillo

Es cierto, sin dudas, que el estudio genérico de la naturaleza es más “filosófico” que su estudio detallado, en el sentido de que la manera de pensar apropiada a este estudio se asemeja a la metafísica, más que la física moderna. Pero resulta un error concluir que pensar en términos muy generales es, de alguna manera, más “filosófico” que concentrarse en lo particular. Un filósofo no es alguien que prefiere pensar en “animal” más que en “babosa”. Idealmente, dice Aristóteles:

Procedemos a tratar sobre los animales, sin omitir, en tanto que sea posible, a ningún miembro del reino, por innoble que fuera. Ya que, aunque algunos carezcan de gracias que encanten a los sentidos, incluso aquellos, al revelar a la percepción intelectual el espíritu artístico que los diseñó, dan un inmenso placer a quienes buscan los eslabones causales y se abocan a la filosofía7.

Sobre cuál es más “científico”, si el conocimiento general o el conocimiento particular de la naturaleza, eso depende por completo de qué se quiere decir con aquella palabra. En su sentido antiguo, scientia o episteme significaban un conocimiento muy perfecto, una certeza de algo obtenida a partir de entender las razones por las que es así. En consecuencia, la matemática sería la más científica de las ciencias, a juzgar por los estándares de “ciencia” que determinó Aristóteles en los Segundos analíticos. En este sentido de “ciencia”, el estudio más general de la naturaleza es más “científico”, porque es mucho más certero que el estudio detallado de la naturaleza, basado en hipótesis.

En nuestros días, sin embargo, la palabra “ciencia” tiene un significado que no se aplica en absoluto a la matemática8. Significa un conocimiento obtenido por experimentación y verificación de hipótesis. Nótese que este significado nuevo no se da en términos del objeto de estudio que se busca comprender, sino en términos de un método particular de comprenderlo9. Se sigue, por supuesto, que un entendimiento genérico de las cosas naturales que no requiera de ningún experimento no es “ciencia”. Algunos incluso lo denominarían “acientífico”, con la (injusta) insinuación de que lo que no haga uso del método experimental no puede ser un conocimiento verdadero, sino más bien una conjetura o una opinión infundada. Sin importar los motivos para restringir así la palabra “ciencia”, si se toma en este sentido, está claro que las partes más detalladas del estudio de la naturaleza son más “científicas”.

En resumen, “filosofía”, interpretada en su sentido antiguo para significar cualquier conocimiento universal (o su búsqueda) que comienza en el asombro, se adecúa a todo el estudio de la naturaleza, tanto general como específico, y, si a uno más que al otro, será más al específico, dado que un conocimiento de las cosas en toda su cualidad concreta es más asombroso que una comprensión general que se abstrae de sus diferencias. Así, lo que hoy denominamos “ciencia” sería más “filosófico” que la Física de Aristóteles. Si se interpreta “ciencia” en el sentido antiguo. como un conocimiento muy certero y causal de las conclusiones, entonces se adecúa mejor al estudio más general de la naturaleza; por lo tanto, la Física de Aristóteles sería más “científica” que lo que entendemos por “ciencia” hoy.

Al estudio más general de la naturaleza lo llamaré “filosofía de la naturaleza” y al más detallado, “ciencia”. Con esta distinción, podríamos decir que, en general, hoy se piensa que la ciencia no continúa a la filosofía de la naturaleza, sino que la reemplaza. El estudio detallado de la naturaleza, basado en experimentos, es el único conocimiento serio de la naturaleza, según se dice, y reemplaza al estudio más general, propio de los filósofos que no recurren a los experimentos10. Para ver con claridad si el estudio de la naturaleza más “científico” puede reemplazar al más “filosófico”, para ver cómo se relacionan estos métodos, es necesario ver primero su distinción. Los científicos quizás se molesten al escuchar que lo suyo solo es una parte del estudio de la naturaleza, que existen otras maneras de estudiar la naturaleza además de las que suelen utilizar, maneras que brindan un conocimiento digno de considerarse tal. La ciencia tiende a definirse a sí misma con una generalidad perfecta: todo conocimiento genuino del mundo natural es “ciencia”. Es así como debe ser y es la manera en la que Aristóteles entendía la ciencia de la naturaleza. Existen, sin embargo, principios y métodos (y hasta tipos de experiencia) que los científicos ignoran casi por completo, pero que de utilizarse pueden aportar un conocimiento genuino del mundo natural.

Toda distinción se basa en cierto tipo de oposición. Distinguir el estudio de la naturaleza más “filosófico” del “científico”, por lo tanto, se reduce a comprender seis11 oposiciones, que abordaré por separado.

Charles De Koninck
Charles De Koninck

I. General vs. particular

La primera diferencia entre un estudio más filosófico de la naturaleza y lo que hoy llamaríamos el enfoque científico se basa en la diferencia entre generalidad y particularidad. La ciencia aporta sin duda una imagen del universo más definida y detallada que la que puede brindar la filosofía. Un filósofo de la naturaleza puede demostrar que la locomoción es el tipo de cambio más básico y que todos los demás cambios dependen de ella en alguna medida12. Un científico puede demostrar cómo ocurre esto en casos particulares; por ejemplo, al mostrar la manera en la que un cambio de temperatura resulta de los movimientos de partículas diminutas. Un filósofo de la naturaleza define “elemento” y puede demostrar que los elementos deben existir y que debe existir un número finito de ellos en el mundo13. El científico puede determinar qué son los elementos químicos y aprende más, día a día, sobre las partículas fundamentales que componen todos los cuerpos. El filósofo de la naturaleza afirma que el universo es finito14. El científico puede determinar aproximadamente cuánta masa contiene el universo y si la finitud del universo se debe a que tiene un límite. El filósofo de la naturaleza puede decir qué es el tiempo15. El científico puede determinar si existe o no un estándar de tiempo universal en el universo. Así, los científicos hablan de manera más particular y detallada que los filósofos de la naturaleza16.

En términos de detalle, la ciencia mejora aquello que pueda decir la filosofía de la naturaleza. Un conocimiento más particular es mejor que un conocimiento más general y vago. Mas no se sigue que el conocimiento científico del mundo natural pueda reemplazar al conocimiento filosófico. El conocimiento particular no puede reemplazar al conocimiento general. Una de las razones es que el conocimiento general —precisamente por ser más general y, por ende, menos perfecto— es también más accesible y más certero para nosotros que un conocimiento riguroso de lo particular17. El conocimiento más certero no puede ser reemplazado por el conocimiento menos certero.

A modo ilustrativo, incluso con los ojos vendados puedo distinguir entre el vino y la cerveza. Eso resulta sencillo, siendo que es un conocimiento bastante general de diferencias importantes entre distintos tipos de bebidas alcohólicas. Me jacto de poder distinguir sin problemas entre un vino blanco y uno tinto sin necesidad de verlos. Pero si se me pregunta sobre distintos tipos de tintos, ya me pongo nervioso. Si nos concentramos en los diferentes tipos particulares de zinfandel o en distintas cosechas del mismo zinfandel, estoy perdido. Incluso aunque fuera un verdadero experto, mi conocimiento de las diferencias entre este y aquel vino jamás reemplazarían a mi conocimiento de la diferencia entre el vino y la cerveza; puede completarlo de alguna manera, pero no reemplazarlo.

Lo mismo ocurre con el conocimiento intelectual. Mi conocimiento de las diferencias entre las especies de triángulos no puede reemplazar a mi conocimiento más general de las diferencias entre los triángulos y los cuadriláteros. Mi conocimiento de las propiedades que comparten todos los triángulos no puede ser reemplazado por mi conocimiento de las propiedades que pertenecen al triángulo rectángulo 3:4:5 en particular. En el primer capítulo de la Física, Aristóteles destaca que es natural comenzar el estudio de la naturaleza de manera muy general, y que la certeza en nuestro conocimiento general vago es mucho mayor que en nuestra comprensión de los detalles específicos. Estamos mucho más seguros de que existe una diferencia de tipo entre las plantas y los animales que de que existe tal diferencia entre un zorrillo y un caballo, y estamos mucho más seguros de que existe una diferencia de tipo entre un zorrillo y un caballo que de que existe tal diferencia entre un caballo y una cebra.

Es mejor decir, entonces, que la ciencia completa a la filosofía de la naturaleza en cierta forma, más que decir que la reemplaza. Un conocimiento particular del mundo natural es más perfecto que un conocimiento general por ser más definido y detallado; pero también es menos general y certero, y, por ende, no lo puede reemplazar.

Theodor Adorno
Pierre Duhem

II. Experiencia universal vs. experiencias limitadas

La segunda diferencia entre la filosofía de la naturaleza y la ciencia se basa en los tipos de experiencia de la que parten. Llamo “experiencia universal” a aquella que todos los adultos sanos tienen y no pueden evitar tener, y “experiencias limitadas”, a aquellas que solo algunas personas tienen18. Todos experimentan el movimiento o el cambio en el mundo; se trata de una experiencia universal. Pero solo algunas personas experimentan terremotos; ese tipo de experiencia está limitada a ciertos individuos, aunque sea una gran cantidad de ellos. Todo adulto sano tiene la experiencia de ver; se trata, otra vez, de una experiencia universal. La experiencia más particular de ver las auroras boreales, sin embargo, está limitada a solo algunas personas. Experimentar alucinaciones o el aumento de los sentidos del oído y el olfato por la pérdida de la visión también son materia de experiencia limitada.

Las respuestas a algunas preguntas fundamentales sobre la naturaleza se pueden alcanzar partiendo nada más que de la experiencia universal. Asimismo, la primera parte del estudio de la naturaleza inicia con la sola experiencia universal, pero apenas puede avanzar hasta allí en el estudio de las cosas naturales. No todo lo que deseamos saber sobre la naturaleza está implícito en los tipos de experiencias que todos compartimos. La ciencia, en consecuencia, busca complementar la experiencia ordinaria con la elaboración de otras experiencias —a través de instrumentos y experimentos— que están limitadas por necesidad a unos pocos observadores. Sin embargo, la ciencia se esmera en garantizar que los tipos de observaciones de las que parte siempre sean reproducibles en principio: deben ser cosas que, en teoría, toda persona podría experimentar, incluso cuando no sea el caso que toda persona deba experimentarlas19. Quienes aman el conocimiento no se satisfacen con las concepciones insuficientes de tantas cosas particulares que la experiencia universal por sí misma aportaría: debemos buscar una experiencia más y más detallada de la naturaleza. Así, parte del objetivo de la ciencia es extender el rango de nuestra experiencia20.

El científico, por lo tanto, es más libre de investigar las preguntas que elige que su contraparte filosófica. Pero su libertad tiene un precio: partir de experiencias que no todas las personas comparten, de las que en realidad solo unos pocos son parte, inevitablemente introduce en la ciencia un elemento de fe humana que le es ajeno a la filosofía. No solo el hombre de a pie debe confiar en que las observaciones y experimentos del científico confirman su teoría, sino que hasta el científico mismo debe confiar en sus colegas. Ningún científico puede verificar y experimentar en persona todas las teorías y resultados científicos de los que depende su propio trabajo. Por su parte, el filósofo —quien no se sume en las experiencias más particulares del científico— está restringido a la investigación de aquellos misterios de los que la naturaleza misma considera apropiado darnos pistas; solo parte de cosas que, por naturaleza, todos experimentan. Su ventaja es que no necesita depositar su fe en ningún otro para conocer sus conclusiones, ya que no depende de las experiencias de nadie más que él. Una vez más, entonces, tenemos una razón por la que el conocimiento científico de la naturaleza no puede reemplazar al conocimiento filosófico: un conocimiento que depende de la confianza en alguien más no puede reemplazar a un conocimiento que carece de dicha dependencia.

Es importante destacar que la ciencia también presupone y depende de la experiencia universal: no es posible partir solo de experiencias limitadas. Lo que distingue a la parte general del estudio de la naturaleza de la ciencia no es que parta de la experiencia universal, sino que se ciña a ella. Al describir o llevar a cabo un experimento o una observación, el científico depende de las mismas concepciones comunes del mundo que todos los demás, aunque no se limite a ellas21. El principio de que “El todo es mayor que la parte” rige tanto en la naturaleza como en la matemática y es manifiesto para toda persona, dado que los todos y las partes son materia de experiencia universal. ¿Dónde estaría la ciencia si se pusiera en duda este principio? Aún así, eso no es fruto de la experimentación o de algún tipo de observación artificial.

Por lo tanto, es inútil intentar desacreditar la filosofía de la naturaleza con la idea de que la ciencia suele invalidar la experiencia común. La “experiencia común”, tomada como la experiencia universal antes definida, no solo es la base de la filosofía de la naturaleza más general, sino también uno de los pilares irreemplazables de la ciencia. Existe otro sentido de “experiencia común” o “sentido común”, sin embargo, que la ciencia sí puede invalidar22. A veces, lo que todos piensan naturalmente en un principio, antes de aprender lo contrario, se denomina “sentido común”. Así considerado, el sentido común dice, por ejemplo, que un velero no puede moverse más rápido que el viento que lo impulsa. Los científicos y los navegantes nos aseguran que esta noción del “sentido común” es, en realidad, falsa. Es notable que incluso quienes nunca navegaron (quizás, debería decir en especial quienes nunca navegaron) se resistan a la idea de que un velero pueda moverse más rápido que el viento. Por supuesto, esta resistencia no se debe a ninguna experiencia con veleros, sino a la experiencia de algo más general. Saben que “Ningún efecto puede exceder su causa”. En esto tienen mucha razón; solo se equivocan al pensar que el velero que se mueve más rápido que el viento viola este principio. Corresponde a los físicos explicar por qué un velero puede moverse más rápido que el viento que lo impulsa, sin hacer violencia a ese principio muy general del que los científicos también dependen. La ciencia tampoco está sola en esto de invalidar, en algunas ocasiones, el “sentido común”. La filosofía también trae sus sorpresas23.

Werner Heisenberg
Werner Heisenberg

III. Experiencia reflexiva vs. experiencia irreflexiva

Existe otra diferencia entre los tipos de experiencia de los que parten la filosofía de la naturaleza y la ciencia. La filosofía parte tanto de la experiencia reflexiva como de la irreflexiva, mientras que lo que hoy llamamos “ciencia” se limita más o menos a comenzar por tipos específicos de experiencias irreflexivas.

Por “experiencia reflexiva” quiero decir lo que experimentamos cuando reflexionamos sobre cualquiera de nuestros propios actos de conocimiento, sensación o deseo. Todas las demás experiencias son irreflexivas. Ver una manzana es una experiencia irreflexiva; pero ser consciente de que veo una manzana es un acto reflexivo. Temer algo es una experiencia irreflexiva; pero considerar que temo algo es un acto reflexivo. Con base en la experiencia reflexiva, discierno en mí mismo las diferencias entre recordar e imaginar, por ejemplo.

Podría pensarse con facilidad que lo que experimentamos en nosotros mismos por reflexión debe ser subjetivo y privado y que, por lo tanto, no puede servir como fundamento confiable para una investigación seria. Pero una breve reflexión revela que esto no siempre es así. Un científico no sería rechazado por afirmar que el agua hierve en determinadas condiciones solo porque no hayamos estado presentes para observar su agua hirviente; basta con poder observarlo nosotros mismos con nuestra agua, si nos tomamos la molestia. ¿Por qué debería ocurrir lo contrario con la reflexión? Es verdad que otra persona no puede compartir mi reflexión sobre lo que ocurre en mi vida interior; pero sin dudas puede verificar en sí misma los tipos de experiencias que afirmo que son iguales para todos. Un ejemplo trivial: los aromas tienen una mayor capacidad para evocar memorias que los colores o las texturas. Si no se pudiera reflexionar de manera confiable sobre el propio conocimiento, esto jamás se podría saber.

La experiencia reflexiva es “subjetiva” en el sentido de que su objeto es algo que ocurre dentro del sujeto cognoscente y es inaccesible a quienes son ajenos al sujeto. Pero no es “subjetiva” en el sentido de que las características irrelevantes del sujeto cognoscente se confundan irremediablemente con el objeto percibido. “Cuán caliente me resulta esto” es un resultado combinado de la temperatura de mi mano y de la temperatura de lo que toco. Mi sensación no puede separar estos hechos por sí misma; por lo tanto, “cuán caliente me resulta esto” es “subjetivo” en el sentido corriente y un tanto peyorativo de la palabra. Pero reflexiones como “En este momento pienso” y “La audición es diferente de la visión” no acarrean tal confusión.

En general, la ciencia se limita a lo que se puede conocer a través de la experiencia externa e irreflexiva. El físico toma todos sus datos de los instrumentos de medición y observación. Ni siquiera el biólogo suele poder recurrir a la información de la experiencia reflexiva. En su caso hay, sin dudas, un cierto temor razonable al antropomorfismo, si estudia algo que no sea la biología humana24. Sin embargo, es asimismo posible aplicar falsamente los hechos de la experiencia externa irreflexiva, por lo que esto no debería ser una razón para abstenernos por completo del uso de la experiencia reflexiva. Es verdad que la psicología hace uso de cierta información que solo se conoce por experiencia reflexiva; pero es en parte por eso mismo que dicha disciplina no se considera una ciencia “dura”, y algunos psicólogos se esfuerzan por hacer que sea más “científica” al atenerse a la información de la experiencia externa y medible tanto como sea posible25. Si cualquier parte de la psicología hiciera pleno uso de la experiencia reflexiva, se parecería cada vez más al De anima de Aristóteles.

El científico no tiene razón ni necesidad de negar la posibilidad de estudiar las cosas naturales, en especial los seres vivos, con la ayuda de la experiencia reflexiva. Sir Arthur Eddington incluso afirma que el conocimiento de las naturalezas interiores de las cosas parece ser imposible sin ella26.

Sir Arthur Eddington
Sir Arthur Eddington

IV. Natural vs. artificial

La oposición entre lo natural y lo artificial explica en parte la distinción entre los enfoques “filosófico” y “científico” en torno a la naturaleza. Por un lado, existe una diferencia entre la experiencia natural —en la que tenemos un papel casi exclusivamente pasivo— y la experiencia artificial —que es la que nosotros fabricamos, en cierta forma—. En tanto que la ciencia utiliza instrumentos artificiales para extender el rango de nuestra experiencia, se puede decir que deriva de experiencias “artificiales”. Incluso un experimento que no hace uso de tales herramientas artificiales es, en cierto modo, una experiencia artificial, dado que no es algo que ocurre naturalmente, como lo haría por sí mismo, sino que es algo que un observador “prepara”. J. Henri Fabre lo explicaba de esta manera: “Una cosa es observar; pero esto no es suficiente: debemos experimentar, es decir, debemos intervenir nosotros mismos y crear condiciones artificiales que obliguen al animal a revelarnos lo que no expresaría si se diera el curso normal de los acontecimientos”27.

En consecuencia, el científico goza de mayor libertad en sus líneas de investigación que el filósofo de la naturaleza. Esta diferencia entre ellos se puede ilustrar con las siguientes proporciones28:

Filósofo de la naturaleza : Naturaleza :: Estudiante : Maestro

Científico : Naturaleza :: Abogado : Testigo

Entre estas dos proporciones existe una similitud obvia. El estudiante espera aprender algo del maestro, así como el abogado espera aprender algo del testigo. El filósofo natural y el físico esperan aprender algo de la naturaleza,

pero con una diferencia. El maestro es un impulsor, decide qué temas tratar y qué preguntas responder. El estudiante no se halla en posición de obligar al maestro a tratar tal o cual tema o a considerar las cosas de tal o cual manera. El maestro dirá muchas cosas, incluso sin que el estudiante pregunte al respecto, y quizás se niegue a responder determinadas preguntas que le haga el estudiante, por considerarlas inapropiadas. Cuando el filósofo estudia la naturaleza, ésta es como su maestro; debe escuchar29 lo que la naturaleza tiene para revelarle sobre sí misma a través de la experiencia natural y contentarse con lo que pueda saber a partir de ello. Si no está satisfecho, sino que pretende obligar a la naturaleza a responder más preguntas, entonces ya no es como un estudiante, sino como un abogado, con la naturaleza como testigo en el estrado. El abogado es el impulsor y el testigo no habla, excepto para responder a las preguntas directas que le hace el abogado. La naturaleza debe responder las preguntas que le hace el experimentador, pero no dice más que lo que este exigió con su experimento.

El filósofo de la naturaleza distingue entre lo natural y lo artificial, y luego se expresa, más que nada, sobre lo natural como tal30. El físico, por otro lado, puede permitirse ignorar (pero no negar) la distinción, porque su vocabulario métrico la ignora31. Así, muchas leyes de la física —si no todas— se aplican por igual a los cuerpos naturales y a los artificiales, sin distinción. La trayectoria de un cuerpo que se lanza por un precipicio se aproximará a una hemiparábola, sea ese cuerpo un caballo o un piano. Los libros de física abundan en problemas como este: “Considere una cuerda tirante…” o “Imagine que se dispone una polea…”. No hace diferencia alguna que la cuerda o la polea sean algo natural o artificial, en tanto que cumplan los requisitos métricos del problema.

Albert Einstein
Albert Einstein

La biología también puede pasar por alto la distinción entre lo natural y lo artificial, al estudiar en los seres vivos solo aquello que comparten con las máquinas. Nada se contrapone a este tipo de estudio y resulta asombroso cuánto tienen en común los seres vivos con las máquinas; así, aunque ignoren aquello que es distintivo de los seres vivos, los biólogos jamás agotan los temas sobre los que hablar32. Pero si la biología negara la diferencia entre lo natural y lo artificial, ella misma sería incapaz de designar su objeto de estudio.

Decir que los seres vivos no son más que máquinas, que no difieren en principio de ellas, es ir más allá de la evidencia. Esta era la cosmovisión de Descartes: lo que llamamos gatos y perros no son más que res extensa, engranajes y ruedas que se mueven sin propósito ni vida interior, meros mecanismos, no organismos33. Quienes tienen demasiado apego al método de estudio basado en la experiencia externa irreflexiva suelen caer en la tentación de pensar que el suyo es el único estudio legítimo, que cualquier cosa que se conozca solo por reflexión interna es material propio de los poetas, de quienes desean emocionar, no de quienes desean saber algo sobre el mundo. ¿Cómo podría esa persona comprender algo tan biológico como la sensación? Tendría que reducirla a aquellas cosas relacionadas que puedan observarse con sus métodos “objetivos”: una empresa fútil. Erwin Schrödinger ilustra este punto:

El físico no puede dar cuenta de la sensación del color con su imagen objetiva de las ondas de luz. ¿Podría el fisiólogo dar cuenta de ello, si tuviera un conocimiento más acabado de los procesos en la retina? No lo creo. En el mejor de los casos, podríamos apuntar a un conocimiento objetivo de qué fibras nerviosas se activan y en qué proporción; tal vez, incluso, a conocer con exactitud los procesos que generan en ciertas células cerebrales (cuando nuestra mente registra la sensación de amarillo) […]. Pero ni siquiera tal conocimiento íntimo nos diría algo sobre la sensación del color, por ejemplo, del amarillo […]. Los mismos procesos fisiológicos podrían generar, posiblemente, una sensación de sabor dulce o algo más. En concreto, lo que quiero decir es que podemos estar seguros de que no existe ningún proceso nervioso cuya descripción objetiva posea la característica color amarillo o sabor dulce, así como la descripción objetiva de una onda electromagnética no posee ninguna de estas características. Lo mismo ocurre con las demás sensaciones […]. Ni la descripción del físico ni la del fisiólogo contienen ningún rasgo de la sensación del sonido. Cualquier descripción de este tipo se limita a terminar con una oración como “esos impulsos nerviosos se conducen a determinada parte del cerebro, donde se registran como una secuencia de sonidos” […]. Podríamos seguir esta trayectoria hacia la corteza cerebral y hasta obtener cierto conocimiento objetivo de algunas cosas que allí ocurren. Pero en ninguna parte nos toparemos con este registrarse como sonido; sencillamente no figura en nuestra explicación científica, sino que se halla en la mente de la persona a cuyo oído y cerebro nos referimos34.

Estas palabras valen no solo para las funciones de los cinco sentidos, sino también para las operaciones de la imaginación y la memoria, y para las emociones, la voluntad y el intelecto. Puede pensarse que solo un ciego diría que lo que llamamos ver no es más que aquello que él puede registrar y observar desde el exterior de la persona que ve. ¿Jamás vio antes? Y si lo hizo, ¿cómo podría no darse cuenta de que lo que llama “ver” en él mismo es precisamente lo que no puede ver en la persona que observa? Sin importar cuán avanzado sea su conocimiento “objetivo”, jamás observará la visión de esta manera; solo puede percibir signos externos, incluso aunque algunos sean —en cierta forma inescrutable— necesarios para la vista misma. Ninguno de ellos, ni siquiera todos en su conjunto, es la vista. No hay manera de demostrarle a un hombre que él tiene la capacidad de percibir colores si aquel se empeña en desestimar su propia experiencia inmediata.

Hermann Weyl
Hermann Weyl

Si, a pesar de todo esto, insistimos en descartar toda información de la experiencia reflexiva, sería una locura exigirle a alguien que nos muestre evidencia de que los seres vivos difieren de los no vivos, de que los animales difieren de las máquinas o de que las cosas naturales difieren de las artificiales35. Ya desde un principio negamos como evidencia el único tipo de experiencia relevante en esta cuestión. Sería como exigirle a nuestro vecino que probara la existencia de peces de dos pulgadas en el lago usando una red con agujeros de tres pulgadas. Si las cosas naturales y vivientes son precisamente aquellas que se comportan como lo hacen a raíz de cierto principio intrínseco —un principio cuya existencia y naturaleza nos serían en absoluto desconocidas si fuéramos incapaces de reflexionar sobre las operaciones de principios similares en nosotros mismos—, entonces, desestimar la experiencia reflexiva como fundamento inapropiado para el conocimiento equivaldría a desestimar tales distinciones por considerarlas infundadas. Imaginemos una situación imposible: un hombre que nace sin capacidad alguna para reflexionar o para percibir sus propias funciones vitales de manera introspectiva, con la atención siempre fija en lo externo. Podría ver colores, pero jamás darse cuenta de que ve; podría comprender las formas, pero jamás darse cuenta de que comprende. ¿Podría concebir siquiera una mínima noción de lo que ocurre en la mente de un ciervo, cuando lo observa en un parque parando las orejas? Para él, ese hecho sería un cambio de posición repentino en un trozo de materia, luego de muchos otros cambios de posición pequeños en trozos de materia adyacentes, pero nada más que eso. No podría concebir una noción de lo que es “oír”. Si el ciervo sale corriendo, tampoco podría concebir noción alguna de “temor”, aunque podría sospechar —a partir de investigaciones “objetivas” previas de otras cosas móviles similares— que ocurrieron muchos cambios eléctricos y químicos particulares antes de que se movieran los cuatro apéndices de esta masa amarronada. Tampoco podría concebir ninguna noción de sí mismo como algo distinto de cualquier otra cosa que perciba en su experiencia directa y orientada al exterior36. Ignorar lo que conocemos a partir de la sola reflexión es ignorar nuestra única fuente de comprensión sobre lo que distingue a lo vivo o a lo natural. Lo que procede del interior más profundo es una función vital o, al menos, natural; pero, desde el exterior, es sencillamente imposible observar de dónde procede. “La naturaleza gusta de ocultarse”37.

Suponer que otro ser humano goza en sí de una vista similar a la vista que experimento directamente solo en mí mismo no es antropomórfico38. Con base en las similitudes exteriores más genéricas entre mí mismo y un perro o un caballo, puedo dar un paso más y suponer que dichas criaturas también experimentan en sí algo como lo que llamo vista en mí mismo, aunque es probable que no se parezca a la experiencia de los humanos. Esto es lo que significa creer en animales y no en res extensa. Insistir en que estas cosas no son más que lo que digo que son, en términos que provienen únicamente de mi observación externa, no solo es arbitrario, sino también antropomórfico en el peor sentido. Sería afirmar que las cosas no son más que lo que pienso que son, según mi método arbitrario para estudiarlas.

El científico puede —y en general, debe— ignorar las diferencias entre lo viviente y lo no viviente, lo natural y lo artificial; eso no equivale a negar tales distinciones. Pero ignorarlas trae un efecto secundario asombroso: los resultados científicos rinden frutos en el mundo de la tecnología. ¿Y cómo no? Si todas las leyes deben aplicarse tanto a lo artificial como a lo natural, en tanto que la ciencia se abstraiga de la diferencia (en especial al expresarse en términos matemáticos), deberíamos ser capaces de fabricar cosas conforme a las leyes de la física y la química. El beneficio es mutuo, ya que la ciencia avanza junto con los instrumentos de observación y medición que aporta la ingeniería. Más aún, los avances técnicos son como la prueba misma de las teorías particulares que los engendraron. La bomba atómica fue un signo de que la física atómica había descubierto algo39.

La filosofía de la naturaleza, sin embargo, debe ser comparativamente estéril en este respecto. ¿Cómo podría tener un gran valor práctico? Se centra en abordar las cosas naturales precisamente en tanto que naturales y, por ende, no podemos esperar que lo que diga sea demasiado útil para la producción de cosas artificiales. Además, parte solo de la experiencia universal, por lo que se ve obligada a hacer estudios muy generales, mientras que hacer y fabricar cosas requiere de un conocimiento detallado. Por último, no recurre a la medición, que es fundamental para fabricar casi cualquier cosa. Por otra parte, la filosofía de la naturaleza no depende de los avances tecnológicos, ya que no necesita otros instrumentos de observación más allá de los que aporta la naturaleza. La filosofía es útil, sin embargo, como fundamento de la ética y la metafísica, algo para lo que la ciencia experimental es inútil.

Erwin Schrödinger
Erwin Schrödinger

NOTAS

[1] De Caelo 2.12.291b25, traducción al inglés de J. L. Stocks, de The Complete Works of Aristotle, ed. Jonathan Barnes (reimpr.; Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1995). Todas las citas de Aristóteles se tomarán de esta edición. En la Meteorología, Aristóteles sostiene: “Consideramos que la explicación de un fenómeno imposible de observar es adecuada cuando la teoría dada está libre de imposibilidades” (1.7.344a5, traducción de E. W. Webster).

[2] Stephen Hawking remarca esta cesión de los filósofos:

Hasta ahora, la mayoría de los científicos estuvieron demasiado ocupados en el desarrollo de teorías nuevas que describen qué es el universo como para preguntarse por qué. Por otra parte, aquellos cuya tarea es preguntar por qué, los filósofos, no han sido capaces de seguirle el paso al avance de las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraban que su campo era el conocimiento humano en su totalidad —incluida la ciencia— y debatían sobre preguntas como: ¿El universo tuvo un comienzo? Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se volvió demasiado técnica y matemática para los filósofos o para cualquiera, más allá de algunos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el alcance de sus investigaciones que Wittgenstein, quizás el filósofo más famoso de este siglo, dijo: la única tarea que queda para la filosofía es el análisis del lenguaje. ¡Qué empobrecimiento de la gran tradición filosófica desde Aristóteles hasta Kant!” (Stephen Hawking, Breve historia del tiempo [Nueva York: Bantam Books, 1990], 174-175).

[3] La mismísima palabra “científico”, al parecer, no fue acuñada en el idioma inglés hasta 1834. Ver el Oxford English Dictionary, segunda edición, ed. J. A. Simpson y E. S. C. Weiner (Oxford: Clarendon Press, 1989).

[4] “Porque se debe a su asombro que los hombres, tanto ahora como en un principio, comenzaron a filosofar; originalmente, se asombraban de las dificultades obvias, luego, avanzaron poco a poco y plantearon dificultades sobre los temas más importantes, por ejemplo, sobre los fenómenos de la luna y del sol y las estrellas, y sobre la génesis del universo” (Aristóteles, Metafísica, 1.2.982b10-15; traducción [al inglés] de W. D. Ross).

[5] Así, Tomás de Aquino destaca que quienes usan un método matemático para estudiar la naturaleza son, en realidad, más científicos de la naturaleza que matemáticos, porque usan la matemática en pos de comprender algo sobre la naturaleza, no sobre los objetos matemáticos. Ver II Phys., lect. 3, n. 336 (In octo libros de Physico auditu sive Physicorum Aristotelis Commentaria, ed. P. Fr. Angeli y M. Pirotta, O.P. [Nápoles: M. d’Auria Editore Pontificio, 1953], p. 82). El naturalista que aplica la matemática a la naturaleza considera cada término —como “recto”, “triángulo”, “círculo”— in concreto, y los piensa como existentes en algún tipo de materia sensible. Esta diferencia en el modo de definir es la diferencia crucial entre la matemática y la ciencia natural. Una define con y la otra sin la materia sensible. Esta no es una diferencia de método, sino una diferencia en lo que estudian, una diferencia esencial en la inteligibilidad de sus objetos de estudio. Ver Tomás de Aquino, In Boet. de Trin., c. 5 (“De divisione speculativae scientiae”), r. 1.

[6] Nada de esto constituye una objeción contra distinguir las partes de una ciencia por razones de conveniencia para la división del trabajo.

[7] Aristóteles, Partes de los animales, 1.5.645a5-10 (traducción [al inglés] de William Ogle).

[8] “La matemática no es una ciencia desde nuestro punto de vista, en el sentido de que no es una ciencia natural. La prueba de su validez no es experimental” (Richard P. Feynman, Six Easy Pieces, ed. Robert B. Leighton y Matthew Sands [reimpr.; Reading, Mass.: Helix Books, Addison-Wesley, 1995], 47).

[9] “Científico” es más concreto que “ciencia”, por lo que resulta natural para la gente definir “ciencia” según lo que es común a todos los “científicos”. Si quienes se llaman a sí mismos científicos, sin embargo, se limitan de manera arbitraria a usar ciertos métodos para estudiar la naturaleza —cuando también existen otros métodos legítimos—, la “ciencia de la naturaleza” adolecerá de una definición artificialmente restrictiva.

[10] Esta es una de las razones por las que es difícil defender hoy la idea de una universidad en la que las cátedras de ciencia y de filosofía puedan coexistir pacíficamente e incluso cooperar. “La presunción es que la naturaleza es todo aquello que la ciencia pueda revelar y mucho más, y que parte de ello también se puede conocer” (Charles de Koninck, “The Moral Responsibilities of the Scientist”, Laval Théologique et Philosophique 6 [1950]: 356).

[11] No pretendo dar un estudio exhaustivo, sino traer a cuenta las oposiciones más fundamentales en torno a la distinción entre “ciencia” y “filosofía de la naturaleza” en los sentidos modernos y restringidos de esos términos.

[12] Ver Aristóteles, Física, 7.7. Cito aquí a Aristóteles no como autoridad, sino como ejemplo de la manera de estudiar lo natural tan frecuentemente diferenciada de la “ciencia”.

[13] Ver ibid., 1.4.187b7.

[14] Ver Aristóteles, De Caelo, 1.5-7.

[15] Ver Aristóteles, Física, 4.11.219b2 ff.

[16] El filósofo de la naturaleza puede hablar sobre algunas cosas muy particulares, pero no en detalle concreto, por así decir. El alma humana, por ejemplo, es algo de lo más específico: es la forma de una especie muy específica de cosas, es decir, del hombre. Lo que le permite al filósofo hablar sobre algo tan específico, empero, es el uso de su experiencia interior de ser hombre, que no le permite hablar en detalle sobre el cuerpo del que el alma es la forma. Los detalles sobre el cuerpo humano nos llevan de inmediato al dominio de la ciencia.

[17] “Las leyes de la física pueden adquirir esta precisión de detalle solo al sacrificar algo de la certeza absoluta y fija de las leyes del sentido común. Existe un cierto equilibrio entre la precisión y la certeza: una no puede aumentar si no es en detrimento de la otra” (Pierre Duhem, The Aim and Structure of Physical Theory [reimpr.; Nueva York: Atheneum, 1974], 178-79).

[18] Los científicos también hacen esta distinción. Werner Heisenberg, por ejemplo, dice: “Desde la época de Galileo, el método fundamental hizo posible pasar de la experiencia general a la experiencia específica, escoger hechos característicos de la naturaleza a partir de los que se pudieran estudiar sus ‘leyes’ de manera más directa que a partir de la experiencia general” (Werner Heisenberg, Physics and Philosophy [Nueva York: Harper & Row, 1962], 149).

[19] Niels Bohr dice que el objetivo de todo experimento físico es “obtener conocimiento bajo condiciones reproducibles y comunicables” (Niels Bohr, Atomic Physics and Humn Knowledge [Nueva York: John Wiley and Sons, Inc., 1958], 37).

[20] “El objetivo de la ciencia es aumentar y ordenar nuestra experiencia” (ibid., 88).

[21] Como planteó Einstein, “Toda la ciencia no es más que un refinamiento del pensamiento cotidiano […]. El pensamiento científico es un desarrollo del pensamiento precientífico” (Albert Einstein, Out of My Later Years [reimpr.; Westport, Conn.: Greenwood Press, 1970], 59).

[22] Es el significado de “sentido común” que tenía en mente Carl F. von Weizsäcker cuando dijo: “Aristóteles quería preservar la naturaleza, salvar los fenómenos; su error fue excederse en el uso del sentido común. Galileo disecciona la naturaleza, nos enseña a producir fenómenos nuevos y a oponernos al sentido común con ayuda de la matemática” (Carl F. von Weizsäcker, The Relevance of Science, Gifford Lectures, 1959-60 [Londres: Collins, 1964], 104).

[23] El hecho de que existan seres vivos y reales que no estén en un tiempo y lugar y que carezcan de forma o tamaño va más en contra del “sentido común” que cualquier conclusión de la ciencia; y, sin embargo, esa es una conclusión de la filosofía perenne. Ya sea que uno acepte los argumentos o no, nadie puede negar que Aristóteles filosofaba al llegar a la conclusión de que, en efecto, existen sustancias separadas.

[24] J. Henri Fabre desestimó muchas interpretaciones antropomórficas del comportamiento de los insectos. En el capítulo 10 de The Hunting Wasps, titulado “La ignorancia del instinto”, por ejemplo, describe varios experimentos en los que se prueba que diferentes tipos de Sphex, que parecen saber lo que hacen, en realidad no tienen idea de ello. Ver J. Henri Fabre, The Insect World of J. Henri Fabre, ed. Edwin Way Teale, trad. Alexander Teixeira de Mattos (Boston: Beacon Press, 1991), 55ff.

[25] Esta es la idea detrás de distinguir entre la psicología “filosófica” y la psicología “experimental”. Si se conciben como dos partes de una ciencia que debe valerse de muchos métodos, no puedo objetar tal distinción. Solo discrepo en concebirlas como dos estudios completamente diferentes e independientes.

[26] La investigación científica no lleva al conocimiento de la naturaleza intrínseca de las cosas (A. S. Eddington, The Nature of the Physical World, The Gifford Lectures, 1927 [Nueva York: The Macmillan Company, 1930], 303). El físico victoriano creía saber bien de qué hablaba cuando usaba términos como materia y átomos. Los átomos eran ‘bolas de billar diminutas’, una frase escueta que suponía comunicar todo sobre su naturaleza, de una manera que jamás podría lograrse con cosas trascendentes, como la conciencia, la belleza o el humor. Pero hoy nos damos cuenta de que la ciencia no puede decir nada sobre la naturaleza intrínseca del átomo. El átomo físico es, como todo lo demás en la física, un conjunto de observaciones indicadoras. Estamos de acuerdo en que ese conjunto forma parte de cierto entorno desconocido […]. Hemos desechado todo preconcepto sobre el entorno de nuestras observaciones indicadoras y, en general, no podemos descubrir nada sobre su naturaleza. Pero en un caso —a saber, el de las observaciones de mi propio cerebro—, tengo una noción que no se limita a la evidencia de esas observaciones. Esa noción muestra que forman parte de un entorno de conciencia (ibid., 259). C. F. von Weizsäcker también destaca que aquello que sabemos por experiencia reflexiva no se puede abordar con los métodos a los que se limitan los científicos: La luz con longitud de onda de 6000 Å alcanza mi ojo. Desde la retina, un estímulo electroquímico pasa a través del nervio óptico hacia el cerebro, donde provoca otro estímulo de ciertos nervios motores, y de mi boca salen las palabras: La manzana es roja. En ninguna parte de esta descripción del proceso, por completa que fuera, se mencionó que hubiera tenido la percepción del color rojo. Sobre la percepción sensible, nada se dijo (C. F. von Weizsäcker, The History of Nature [Chicago: University of Chicago Press, 1949], 142-43).

[27] The Insect World of J. Henri Fabre, 327. Einstein opina de manera similar; en contraste con el detective, dice, “el científico debe, al menos en parte, cometer su propio delito y también llevar a cabo la investigación” (Albert Einstein y Leopold Infeld, Evolution of Physics: The Growth of Ideas from Early Concepts to Relativity and Quanta [Nueva York: Simon and Schuster, 1938], 78).

[28] Kant menciona estas dos proporciones en su Crítica de la razón pura (“Prefacio de la segunda edición”, trad. [al inglés] de Norman Kemp Smith [Nueva York: St. Martin’s Press, 1965], 20). Él adopta la comparación de un científico con un juez, pero rechaza la actitud de ser un estudiante con respecto a la naturaleza. En otras palabras, como casi todos después de él, Kant rechaza el estudio filosófico de la naturaleza y solo reconoce el estudio científico. La verdad a medias de esta visión es que no debemos estar satisfechos con partir de aquello que la naturaleza nos revela sobre sí misma, por medio de lo que conocemos naturalmente; debemos forzar a la naturaleza a responder tantas preguntas como sea posible. Es un error, empero, creer que esta es la única manera de estudiar la naturaleza.

[29] La idea de “escuchar” quizás esté implícita en el título de la denominada Física de Aristóteles. Como destaca F. M. Cornford en la introducción general a su traducción de la Física de Aristóteles, “El título ‘Física’ es engañoso, y el lector ha de hallar en el tratado poco y nada de lo que sugiere”, (“General Introduction”, Loeb Classical Library 228 [reimpr.; Cambridge: Harvard University Press, 1993], xv). El título es Φυσικής Ακροάσεως [Physikḗs Akroáseōs], que traducido literalmente al castellano significa Sobre la audiencia de la naturaleza. El título completo es Los ocho libros sobre la audiencia de la naturaleza, que parece significar “Audiencia sobre la naturaleza”, quizás porque consiste en notas para dar una clase, aunque también podría significar “Escucha de la naturaleza”. Algunos autores de comentarios latinos a la Física sugieren que el título significa “filosofía de la naturaleza adquirida a través de la escucha”, en el sentido de que no se puede comprender el texto solo al leerlo, sino que requiere una explicación, escuchar a un maestro. Cualquiera sea el significado del título, es en efecto verdadero que la Física de Aristóteles versa más sobre escuchar a la naturaleza que lo que hace el físico. El físico es mucho menos pasivo y complementa cualquier experiencia que la naturaleza le pueda aportar con experiencias artificiales meticulosamente planificadas, revistiendo el instrumental de observación que brinda la naturaleza con herramientas artificiales y complementando lo que conocemos por naturaleza con hipótesis bien seleccionadas.

[30] El filósofo de la naturaleza habla sobre lo artificial para poder comprender lo natural por contraste o por similitud.

[31] El filósofo de la naturaleza también ignora a veces la distinción entre lo natural y lo artificial. El sexto libro de la Física de Aristóteles trata sobre las propiedades del movimiento en relación con su continuidad. En ese libro, la mayoría de las afirmaciones que hace el filósofo sobre el movimiento son verdaderas, sin importar que el objeto en movimiento sea un pez o un buque. Como ocurre con la ciencia, una de las razones por las que este tratamiento de los objetos físicos puede ignorar la distinción entre lo natural y lo artificial es que se enfoca en los aspectos cuantitativos de las cosas.

[32] El físico Hermann Weyl dice:

La naturaleza humana parece haber fijado prácticamente de una vez por todas el enfoque de la comprensión desde adentro, y a lo sumo puede llegar a ampliarse un poco gracias al refinamiento del lenguaje […]. La comprensión, por el hecho mismo de ser concreta y plena, carece de la libertad del símbolo vacío. Me temo que una biología desde adentro, como la que propone Woltereck, carecerá de ese ímpetu interminable de los problemas que lleva a la biología constructiva hacia adelante (Hermann Weyl, Philosophy of Mathematics and Natural Science, trad. [al inglés] Olaf Helmer [reimpr.; Nueva York: Atheneum, 1963], 283-84).

[33] “Órgano”, que proviene de la palabra griega que significa herramienta, connota finalidad. Para aquello que se niega que la naturaleza produzca con una finalidad determinada, la palabra más apropiada sería “apéndice”.

[34] Erwin Schrödinger, Mind and Matter (Cambridge: Cambridge University Press, 1959), 90-95. Hermann Weyl también reconoce que existe otra manera de comprender la vida:

Sería un error que los científicos ignoraran que la construcción teórica no es la única aproximación a los fenómenos de la vida; contamos con otra vía, la de comprender desde adentro (interpretación) […]. De mí mismo, de mis actos de percepción, pensamiento, voluntad, sensación y acción, tengo un conocimiento directo completamente diferente de ese conocimiento teórico que representa los procesos cerebrales “paralelos” por medio de símbolos. Esta autopercepción interna es la base para comprender a mis semejantes, a quienes conozco y reconozco como seres de mi especie, con quienes a veces me comunico de manera tan íntima que comparto alegrías y tristezas con ellos. A pesar de no conocer su conciencia tal como conozco la mía, mi entendimiento “interpretativo” de su aprehensión es de una suficiencia indiscutible. Su luz iluminadora se dirige no solo a mis semejantes; también alcanza —aunque de manera cada vez más difusa e incierta— lo profundo del reino animal. Albert Schweitzer está en lo correcto al ridiculizar la opinión limitada de Kant, quien considera que el hombre es capaz de compadecerse, pero no de alegrarse con la criatura viva: “¿Jamás vio beber a un buey que retorna de los campos?”. Sería infundado desestimar este entendimiento de la naturaleza “desde adentro” como algo antropomórfico y elevar la objetividad de la construcción teórica (Weyl, Philosophy of Mathematics and Natural Science, 283-84).

[35] O que los hombres difieren de los animales o de las computadoras.

[36] Esta limitación autoimpuesta a la experiencia “objetiva” ayuda a esclarecer muchas negaciones desconcertantes de los biólogos y los psicólogos. K. S. Ashley, por ejemplo, dice: “No hay conocimiento directo de un yo que experimenta […].  El conocedor como ente es un postulado innecesario”. (Brain Mechanisms and Conciousness: A Symposium, ed. Edgar D. Adrian, Frederic Brenner y Herbert H. Jasper [Oxford: Blackwell, 1956], 423-24). El psicólogo Gordon Allport comenta que “durante dos generaciones, los psicólogos intentaron explicar de toda manera concebible la integración, organización y acción de la persona humana sin recurrir al postulado de un yo” (Gordon W. Allport, Becoming [New Haven: Yale University Press, 1955], 37). Ahora, compárese esto con las siguientes afirmaciones de Tomás de Aquino sobre la función indispensable de la experiencia reflexiva: Manifestum est enim quod hic homo singularis intelligit: nunquam enim de intellectu quaeremus, nisi intelligeremus; nec cum quaerimus de intellectu, de alio principio quaerimus, quam de eo quo nos intelligimus [“Porque es manifiesto que este hombre individual entiende: ya que jamás indagaríamos sobre el entendimiento si no entendiéramos, y cuando indagamos sobre el entendimiento tampoco indagamos sobre otro principio que no sea aquel por el que entendemos”] (De Unitate Intellectus, c. 3). Illa quae sunt per essentiam sui in anima, cognoscuntur experimentali cognitione, inquantum homo experitur per actus principia intrinseca: sicut voluntatem percipimus volendo, et vitam in operibus vitae [“Aquello que, por su esencia, está en el alma se conoce por conocimiento experimental, en tanto que el hombre experimenta los principios intrínsecos a través de sus actos, tal como percibimos la voluntad al ejercerla y la vida, en las operaciones vitales”] (STh I-II, c. 112, r. 5, ad 1]). Sobre la discusión de Aristóteles en torno a las dos maneras en las que un conocimiento es mejor que otro, Tomás comenta: Haec autem scientia, scilicet de anima, utrumque habet: quia et certa est, hoc enim quilibet experitur in seipso, quod scilicet habeat animam, et quod anima vivificet. Et quia est nobilior: anima enim est nobilior inter inferiores creaturas [“Esta ciencia, la del alma, tiene ambas: porque es certera, en tanto que cada persona experimenta esto en sí misma, es decir, que tiene un alma y que vive gracias al alma. Y porque es más noble, porque el alma es más noble entre las criaturas inferiores”] (I De Anima, lect. 1). Ver también De Verit., c. 10, r. 8.

[37] Heráclito, DK 123; la traducción [al inglés] es mía.

[38] “Sería infundado desestimar este entendimiento de la naturaleza ‘desde adentro’ como algo antropomórfico” (Weyl, Philosophy of Mathematics and Natural Science, 284).

[39] “Haber descubierto algo” no debe equipararse con “verdadero”. “De hecho, en lo que a la física matemática respecta, el éxito práctico es la única garantía de que se transita el camino correcto; pero esto no debe confundirse con la certeza especulativa. En efecto, construimos máquinas muy eficaces a partir de teorías endebles” (Charles de Koninck, Natural Science as Philosophy [reimpr.; Québec: Laval University, 1959], 9).

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