Metafísica y filosofía de la mente

I La intencionalidad de la sensación

Una característica gramatical

II Sensación

En la filosofía de la percepción sensible existen dos posiciones opuestas. Una de ellas dice que aquello que percibimos inmediatamente en la sensación son las impresiones sensibles, llamadas “ideas” por Berkeley y “datos sensibles” por Russell. La otra, propuesta en la actualidad por la filosofía del “lenguaje ordinario”, dice por el contrario que en realidad vemos objetos (en el sentido moderno amplio, que incluye, por ejemplo, a las sombras) sin tales intermediarios. Esta posición suele estar acompañada por la idea de que no puedo ver (o, quizás, sentir, oír, gustar u oler) algo que no existe, así como no puedo golpear algo que no existe: solo puedo pensar que veo (etc.) algo que no existe o solo puedo ver algo que no existe en un sentido amplio de “ver”. En general hablaré sobre la vista, tal como hace la mayoría al tratar este tema. Los demás verbos reciben un tratamiento un tanto diferente por buenas razones (que no son muy relevantes para nuestro asunto), en especial en la filosofía del lenguaje ordinario.

Quiero decir que ambas posiciones son erróneas; ambas entienden mal los verbos de percepción sensible, porque estos verbos son intencionales o tienen un aspecto intencional en esencia. La primera posición malinterpreta los objetos intencionales como objetos materiales de la sensación; la otra solo admite los objetos materiales de la sensación; o, en todo caso, no considera una descripción de lo que se ve que sea, por ejemplo, neutral en cuanto a que lo visto sea un punto real (una mancha) o una imagen remanente, ya que solo nos da el contenido de una experiencia visual sobre la que se desconoce si lo que se ve es un punto real o una imagen remanente[IV].

Para ver la intencionalidad de la sensación solo basta considerar un par de ejemplos demostrativos.

  • “Al cerrar los ojos mientras miras hacia una luz, puedes observar rayos que salen de ella.”
  • “Veo la impresión muy borrosa: ¿está borrosa o son mis ojos?”
  • “Gire estas manecillas hasta que vea un pájaro en el nido.” (Aparato para medir el estrabismo; el pájaro y el nido están en tarjetas separadas.)
  • “Veo seis botones en el abrigo de aquel hombre, no veo más que muchísimos copos de nieve dentro del marco de la ventana, es un número indefinido.”
  • “…un espejismo. Un peatón que se acerca puede no tener pies (reemplazados por un pedazo de cielo).”[V]
  • “Con este audífono, cuando hablas oigo algunos chirridos; los graves no se escuchan y las consonantes son difíciles de distinguir.”
  • “Oigo un zumbido en los oídos.”
  • “Oí un estruendo terrible allí afuera y por un momento me pregunté, asustado, qué gran máquina o riada podría ocasionarlo. Luego, me di cuenta de que no era más que mi perrito que roncaba a mi lado.”[VI]
  • “¿Has experimentado cómo un sabor puede ser bastante indistinto hasta que sabes qué estás comiendo?”
  • “No dejo de sentir el olor a goma quemada, aún cuando me doy cuenta de que no hay nada allí.”

Quien pretenda decir que estos verbos de sensación se utilizan correctamente en casos normales solo en presencia de cosas reales como objetos y, más aún, con cosas reales correctamente caracterizadas, podría decir que estos son usos excepcionales. Ya sea el contexto (el aparato para medir la visión) o lo que se dice, con el tono de voz y el énfasis especial adecuado, así lo demuestran. Se supone que existía un número definido de copos de nieve que caían, que podían observarse desde cierta posición y que ese fue el número visto; solo que el sujeto no sabía cuántos había, no fue capaz de discernirlo como sí pudo hacerlo con el número de botones en el abrigo. Lo expresó al decir que no veía un número definido de copos de nieves; pero este es un uso peculiar de “ver”, diferente al uso más común que se puede apreciar en el ejemplo siguiente:

  • “Recién vi a alguien en el estudio.” “¡Imposible! No puede ser, porque no hay nadie allí.” “Bueno, me pregunto qué vi, entonces.”

Esto es posible; por otra parte, el oculista que mide el grado de estrabismo no necesita enseñar un nuevo uso de “ver” o de “Veo una (imagen de un) pájaro en un nido” antes de preguntar “¿Ves el pájaro en el nido?”, aunque en realidad la imagen del pájaro y la del nido estén separadas en el espacio. Decir que tal uso es “nuevo” tan solo significa que cierta diferencia entre este uso y lo que se denomina el uso antiguo nos resulta importante.

De hecho, sí hay una diferencia importante, aunque es incorrecto considerar los usos que marca, por así decirlo, fuera de la norma, ya que nuestros conceptos de sensación se construyen en base a tener todos estos usos. La diferencia que marcamos es que, en estos casos, las frases objetivas se utilizan con objetos que son, en su totalidad o en parte, meramente intencionales. Esto se manifiesta en dos características: ni la posible inexistencia (en la situación) ni la indeterminación del objeto representan una objeción a la verdad de lo que se dice.

Pues bien, las visiones del “lenguaje ordinario” y de los “datos sensibles” cometen el mismo error, que es no lograr reconocer la intencionalidad de la sensación, aunque adoptan posiciones contrarias en consecuencia. Este error se muestra con claridad en un filósofo del lenguaje ordinario si insiste en que lo que digo que veo debe estar allí en verdad, a menos que mienta, me equivoque o utilice el lenguaje en un sentido “extraño” o fuera de la norma (y por ende no considerable).

George Berkeley

El filósofo de los datos sensibles berkeleyanos comete el mismo error al insistir en que, por ejemplo, uno ve impresiones visuales, datos visuales. Yo diría que este filósofo hace una inferencia incorrecta a partir de la verdad de la afirmación gramatical de que el objeto intencional, la impresión, el objeto visual, es aquello que uno ve. Toma la expresión “lo que ves” materialmente. “La impresión visual es lo que ves”, que es una proposición como “El objeto directo es lo que envió”, se malinterpreta como “Ves una impresión”, de manera que lo otro jamás se malinterpretaría como “Le envió un objeto directo”.

Este es un error más interesante y permanentemente tentador que el otro, cuyo atractivo no es más que una reacción del sentido común contra un tipo de visión berkeleyana. Pero ambas doctrinas dicen algunas cosas muy acertadas.

Tomemos la doctrina del “lenguaje ordinario”: primero, lo que denominaré el uso material de los verbos de sensación existe. El uso material de “ver” es un uso que exige un objeto material del verbo. “No pudiste haber visto un unicornio, los unicornios no existen.” “No pudiste haber visto un león, no había ningún león allí.” Estos usos son bastante comunes. No es solo que la frase objetiva se considere materialmente: como vimos, eso puede ocurrir con un verbo intencional sin considerar su intencionalidad. Aquí el verbo “ver” no puede llevar un objeto meramente intencional; la inexistencia del objeto (de manera absoluta o en determinado contexto) es una objeción a la verdad de la oración. Podemos ver el doble uso del verbo “ver” al contrastarlo con “adorar”. Nadie diría jamás: “No pueden haber adorado a los unicornios, porque no existen tales seres”.

Segundo, por necesidad, las palabras que representan el objeto de un verbo de sensación pretenden mostrar, en general, objetos materiales de sensación: esta es su función principal. Para entenderlo, consideremos lo siguiente. Supongamos que a determinada luz veo un elefante de juguete, hecho de plástico y de color rojo brillante, como si fuera de color pardo. Solo si desconozco que el color pardo es una mera apariencia podría decir, sin algún contexto especial (como el de describir impresiones), error o humor: “Veo un elefante de juguete que es de plástico y de color pardo”. Esto es así porque comprendemos la descripción de la apariencia “pardo” al comprender la descripción “pardo”: esto describe de qué es la apariencia. Para hacerlo, debe ser, en primera instancia, una descripción de una cosa que sea verdadera de ella (porque la apariencia es una apariencia de eso) en sentido real y no meramente en apariencia: está será su función primaria. Pero como es una descripción de una propiedad sensible, en su función primaria debe también poder formar parte de las frases de objeto para los verbos de sentido apropiados, ya que conocemos las propiedades sensibles a través de los sentidos apropiados.

Además, no deberíamos decir “Ser rojo es verse rojo a la luz normal para alguien con la vista sana”, sino más bien “Verse rojo es verse como se una cosa que es roja a la luz normal para alguien con la vista sana”, porque si dijéramos lo primero, ¿cómo entenderíamos entonces “verse rojo”? No al comprender “rojo” y “verse”. Debería tener que explicarse como una idea simple; lo mismo al observar cualquier otro color. Podría responderse: Todas estas son ideas simples; “verse amarillo” y “verse rojo” son las expresiones correctas para lo que le muestras a alguien cuando le muestras algo amarillo o rojo, ya que solo aprenderá “amarillo” y “rojo” a partir de ejemplos si estos se ven amarillo y rojo; por lo tanto, aquello que en realidad aprehende y se le presenta es verse amarillo y verse rojo, aunque digas que lo que explicas es “amarillo” y “rojo”. Esto sería decir que, estrictamente, “verse” debería acompañar a toda palabra que describa un color en los enunciados sobre la percepción: entonces, ya no cumpliría la función real de la palabra “verse”. Era posible decir: “Solo si lo ve rojo aprenderá qué quiere decir”; pero sería incorrecto inferir: “Lo que aprehende como correlación de la palabra “rojo” es una impresión roja”. Incluso en el caso de que supiera que debe aprender el nombre de un color, el hecho de depender de algo que solo se ve rojo para enseñar la palabra se prestaría a confusión; si la persona nota que solo se ve rojo, sería muy natural que supusiera que “rojo” es el nombre del color que en realidad es. Si uno le dice: “Es el color del que esto ‘se ve’”, se presupone que “se ve C” y “C” son originalmente, no solo subsiguientemente, diferentes: en pocas palabras, que “ser rojo” no se puede explicar, después de todo, como cierto verse rojo.

Una vez más, las cosas no siempre se ven de la misma forma, color, tamaño, etc., sino que en general las observamos y describimos al decir, por ejemplo, “Es rectangular, negro y tiene unos seis pies de altura”, sin prestar atención a cómo se ven: de hecho, ¡podríamos decir que con frecuencia las cosas nos parecen, nos impactan, no como se ven, sino como son! (La convicción de que esa es la única manera correcta de utilizar “verse” fue causa de confusión para un filósofo del lenguaje ordinario demasiado confiado, en una anécdota conocida en Oxford: F. Cioffi trajo un recipiente de vidrio con agua y una varilla dentro. “¿Así que dices”, preguntó, “que esta varilla no se ve doblada?”. “No”, dijo el otro, intrépido: “Se ve como una varilla recta en el agua”. Entonces, Cioffi la quitó y estaba doblada.)

Suficiente por el lado del filósofo del “lenguaje ordinario”. Pero yendo a la filosofía de las impresiones sensibles, ¡cuántas cosas destaca y puede investigar que su contraparte suele rechazar quejumbrosamente! Existe algo como la simple descripción de impresiones, la simple descripción de las apariencias sensibles que se presentan a alguien ubicado de tal o cual manera… O a mí mismo.

Por otra parte, la filosofía de las impresiones sensibles acierta en su manera de tomar el postulado platónico: “Aquel que ve debe ver algo”. Platón comparaba esto con “Aquel que piensa debe pensar algo” y a veces se lo ha criticado en base a que “ver” es una relación entre un sujeto y un objeto en el sentido moderno de la última palabra, mientras que pensar es diferente: que esto o aquello sea el caso no es una cosa. No obstante, “Aquel que ve debe ver algo” se entiende de manera errónea si se considera que significa: “Cuando se puede decir con corrección que alguien ve, debe existir algo allí, que es lo que ve”. Considerada en ese sentido, no es verdadera; decir que es verdadera es desestimar todos los usos de “ver” distintos al uso material. El sentido en el que es verdadera es que, si alguien ve, existe cierto contenido de su experiencia visual. Si dice que puede ver (“puede ver” es una forma de decir “ve” en inglés) se le puede preguntar “¿Qué puedes ver?”. Tal vez responda “No lo sé”. Quizás, eso significa que no sabe qué es el objeto material de su visión; quizás, sencillamente no sabe distinguir cómo se ve aquello que ve (en cualquier sentido). Pero si es así podríamos decir: bueno, al menos describe qué colores, qué variación de luz y sombra ves. Tal vez responda: “Es muy difícil, todo cambia demasiado rápido, hay demasiados colores que cambian todo el tiempo, no lo puedo describir, no permanecen lo suficiente”; eso es una descripción. Pero no puede decir: “¿Qué quieres decir con qué es lo que veo? Solo dije que puedo ver, no dije que puedo ver algo: no hace falta un ‘qué’ que pueda ver”. Eso sería ininteligible.

Esta cuestión muestra el tercer punto a favor de la filosofía de las impresiones sensibles, que le aporta cierto fundamento incluso en su forma berkeleyana estricta. La mínima descripción posible si alguien puede ver será la de los colores, con sus variaciones de luz y sombra. No se puede decir “¿Color, luz y sombra? Nada que decir al respecto”, en respuesta a una interrogación presente sobre lo que uno ve.

Es decir, esto es así para nosotros. Quizás podríamos imaginar un pueblo cuyo idioma carezca de vocabulario para los colores, aunque sí tengan vista, es decir, que utilicen los ojos y necesiten luz para moverse bien, etc. Un hombre de dicho pueblo al que se le enseñara a leer y aprendiera los nombres de las letras podría descifrar palabras escritas en negro sobre blanco, pero no podría comprender las palabras “negro” y “blanco”. Nosotros diríamos que no sabemos “cómo distingue” las palabras, las formas. ¿Pero no sería lo mismo que decir que nosotros recurrimos a los colores para dar cuenta de cómo distinguimos las formas? Tal vez para él no existe en este sentido el “cómo se distingue”, así como no existe para nosotros en cuanto los colores mismos. Nosotros no preguntamos “cómo distinguimos” que algo es rojo tal como sí preguntamos “cómo distinguimos” que algo es la palabra “rojo” y aceptamos como parte de la respuesta “al ver estas formas, es decir, las manchas de color de estas formas”. Podemos indagar: “¿Cómo puede existir el reconocimiento de algo como el patrón de una palabra, un reconocimiento inmediato? ¿Cómo podría ocurrir si no es por la percepción del color?” (Uno de los orígenes de la noción de las ideas simples, los elementos). Pero aunque en este caso tenemos una explicación de la percepción del patrón como dependiente de la percepción del color, pensemos en el reconocimiento de las expresiones humanas. Tenemos la impresión de que este es el tipo de cosa que requiere un medio, pero fracasamos en nuestros intentos de describir los elementos y disposiciones por los que, al verlos, reconocemos una expresión alegre o irónica. Sin embargo, se podría decir que, desde el punto de vista óptico, aquel hombre debe verse afectado por la luz de las longitudes de onda que pertenecen a los diferentes colores. Sí, ¿pero demuestra eso, por así decir, que recibe la impresión del contenido de un concepto de color, de manera que lo único que debe hacer es designarle un nombre, cuyo uso hará coincidir luego con el de otras personas en su rango de uso? Yo creo que esto es lo que se piensa (como Quine al hablar sobre “cuadrado” y la proyección retinal de una placa cuadrada en cada hombre)[VII]. Formulado, pierde su plausibilidad. Por un lado, el proceso óptico no exhibe nada al hombre en el que ocurre. Por otro lado, ningún concepto es sencillamente dado; cada uno conlleva una técnica compleja de uso de la palabra correspondiente que el contenido de una experiencia no podría presentar sin más. El hecho de que no exista un “cómo distinguimos” en relación al reconocimiento de los colores no significa que no sea igual de necesario ejercitarse (muy sorprendentemente, el ejercicio que consiste en esa técnica de uso) para la adquisición de conceptos de colores como lo es para los conceptos de sustancias o raíces cuadradas.

Willard Van Orman Quine

Basados en esta falsa concepción de lo primitivamente dado, Berkeley (y Russell) pensaban que todo lo demás en la descripción de lo visto, todo lo que excede a la disposición de las manchas de colores en el campo visual, es inferencia y construcción. Esto no es aceptable. Existen impresiones de distancia y tamaño, por ejemplo, independientes de las presunciones sobre qué es una cosa. Uno se puede quedar estupefacto en relación a qué es una cosa tan solo por verla a una distancia diferente de la correcta y, por ende, del tamaño incorrecto. O viceversa. Una vez, abrí los ojos y observé la superficie de impacto oscura de una caja de fósforos en posición vertical; los otros lados de la caja no se podían ver. Estaba a unos pocos centímetros de mi ojo y la observé, perpleja, mientras me preguntaba qué podría ser. Si se me pidiera describir la impresión, tal como la recuerdo, diría: “Algo negro y rectangular, en posición vertical, a alrededor de un metro de distancia, de casi un metro de alto”. Pensé que estaba más o menos a un metro y, si algo se parecía, era a un poste grueso, pero estaba segura de que no podía haber nada así en mi habitación. O también he confundido un pequeño libro de oraciones con un volumen grande, tamaño Biblia familiar, pensando que estaba sobre un apoyapié a unos centímetros, en lugar de en una repisa cercana, a la altura de los ojos. No se trataban de estimaciones de distancia en base a identificaciones de cosas: las suposiciones de qué cosas pudieran ser se basaban en impresiones de tamaño que dependían de falsas impresiones de distancia.

Al diferenciarnos de Berkeley, entonces, podemos destacar que las descripciones de las impresiones visuales pueden ser muy ricas y variadas. Puede haber impresiones de profundidad y distancia y posiciones y tamaños relativos; de tipos de cosas y tipos de material y textura, incluso de temperatura; de expresiones faciales, emociones, humores y carácter; de acción y de movimiento (en la impresión estática) y de vida y de muerte. Incluso en el marco de la descripción “colores con sus variaciones de luz y sombra” existen diversos tipos de impresiones.

Resta determinar las relaciones entre los objetos materiales e intencionales de sensación; tal como hice hasta ahora, me concentraré en la visión.

Si bien siempre debe existir un objeto intencional de visión, no es necesario que siempre exista un objeto material. Es decir, “X vio A”, donde “vio” se utiliza materialmente, conlleva cierta proposición “X vio —”, donde “vio” se utiliza intencionalmente; pero no ocurre lo mismo al revés. Esto lleva a la sensación de que el uso intencional es en cierta forma anterior al material. La sensación parece ser contraria al reconocimiento, a la sensación, de que para las descripciones de los objetos de la vista el uso material es el precedente. Ambas sensaciones se ven satisfechas, de manera legítima, al aceptar que la visión requiere por necesidad un objeto intencional, a la vez que se admite que esto no confiere una prioridad epistemológica a las oraciones puramente intencionales; de hecho, en multitud de casos muy cotidianos en los que se informa lo visto, estas jamás se formulan o consideran.

John Langshaw Austin

John Austin, quien se oponía a la idea de que existen dos sentidos de “ver” según la visión sea verídica o no, afirmó de manera casual que quizás existan dos sentidos de “objeto de visión”. Creo que fue en relación a ello que contrastó “Hoy vi a un hombre nacido en Jerusalén” con “Hoy vi a un hombre afeitado en Oxford”, ambas expresadas en Oxford. En cualquier caso, uno diría, no lo viste nacer hoy; quizás sí viste a alguien ser afeitado. Entonces, si bien la descripción es verdadera en relación a lo visto, en cierto sentido no expresa qué es lo que uno vio. Una descripción que es verdadera de un objeto material del verbo “ver”, pero que expresa algo que “no pudiste haber visto” en absoluto o según el contexto, necesariamente expresa solo un objeto material de visión.

Al hablar del objeto material de apuntar, dije que si un hombre apunta a una mancha oscura en el follaje y dicha mancha es el sombrero de su padre, con su cabeza dentro, entonces el padre es el objeto material de esa acción; pero si le apuntara a una mancha en un momento de alucinación total y le acertara a su padre, no se podría decir lo mismo.

Pues bien, si intentamos llevar esta explicación al caso de la vista, nos toparemos con ciertas dificultades que se remontan al caso de la acción de apuntar. Pero en el caso considerado, el objeto material de la acción de apuntar era, tal vez, un objeto intencional de la vista, en tanto que, podríamos preguntarnos, ¿qué más podría ser una mancha oscura en el follaje?

Esto parecería llevarnos a confusión, porque, desde luego, ¿acaso lo que solo es un objeto intencional de la vista no puede ser un objeto material de la acción de apuntar? Entonces, ¿cuándo expresa una descripción un objeto material de la vista? Ya vimos un tipo de caso: cuando una descripción es verdadera según lo que se ve, pero no expresa un objeto intencional. “Veo a un hombre cuyo tío abuelo falleció en un manicomio”: la cláusula relativa da una descripción que no es intencional en absoluto. “Veo a una muchacha que tiene un lunar entre los omóplatos”: en la circunstancia determinada, representa una descripción no intencional. Ya que está de frente a mí, etc. “No pudiste haber visto eso”, dice alguien.

¿Pero por qué? Si no puedo verlo, ¿por qué puedo ver el tomate del profesor Price? Tiene una parte trasera que no veo. Thompson Clarke nos hace notar el hecho de que la visión de un tomate y de la mitad de un tomate puede ser exactamente la misma. Eso es así; pero no se asemeja al hecho de que la visión de alguien con o sin un lunar entre los omóplatos puede ser exactamente la misma. Si observas el tomate y le das un solo vistazo, debes ver lo que quizás sea solo medio tomate: eso es lo que es ver un tomate. Mientras que sí existe una visión del lunar: ninguna visión frontal es una visión de un lunar entre los omóplatos. Este lunar no incide en la visión frontal como podrían hacerlo una muerte inminente o una multitud de problemas, entonces no existe una impresión de él, tal como no existe un aspecto de “nacido en Jerusalén” en un hombre.

Pero un objeto material de la vista no se obtiene por necesidad a partir de una descripción de lo que está frente a mis ojos, cuando los tengo abiertos y veo; si estuviera en un estado de alucinación total, entonces no veo lo que está frente a mis ojos en ningún sentido. Así, para un objeto material de la vista es esencial el hecho de ser expresado en una descripción que sea verdadera de lo que se ve; debemos indagar en el significado de esta frase, “lo que se ve”.

El problema es el siguiente: existe un objeto material de cualquier acción de φ [verbo de percepción] si existe una frase que exprese un objeto intencional de φ que también sea una descripción de lo que existe en una relación apropiada con el agente de φ. Esta no puede ser una descripción de lo que existe si solo describe el objeto intencional de otro acto (apunta a la mancha oscura que ve); si la mera descripción de un objeto intencional de φ no garantiza (como sin dudas no lo hará) que se haya descrito un objeto material de φ, entonces, ¿cómo podría dar el objeto material de algún otro verbo de φ?

Todo sería muy sencillo si pudiéramos decir: tenemos un objeto material de visión solo si alguna descripción intencional también es verdadera de lo que existe realmente (físicamente). Y quizás podamos decir que la mancha oscura en el follaje no es solo un objeto intencional de la vista; en verdad existe un objeto o una zona oscura allí.

Pero no siempre es así cuando vemos. Supongamos que tengo problemas de vista: lo único que veo allí es un contorno borroso brillante. Ese contorno, por ejemplo, es mi reloj. Decimos por lo tanto que veo mi reloj, aunque de manera muy indistinta, y mi intención es decir que mi reloj es el objeto material de la vista. Pero quizás no pueda verlo como un reloj: lo único que veo es un contorno borroso brillante. Sin embargo, la descripción “un contorno borroso brillante” no es verdadera de nada que exista físicamente en el contexto. Si suponemos que el padre llevaba un sombrero oscuro, se seguiría, por mencionar el problema que desconcertó a Moore durante tanto tiempo, que la mancha oscura en el follaje era parte de la superficie de un objeto material (en el sentido moderno); pero, sin dudas, “un contorno borroso” no es parte de la superficie de mi reloj. Sin embargo, podría ocurrir que no tuviera otra descripción de lo que veo más que “un contorno borroso brillante allí”. ¿Existe entonces alguna descripción intencional que también sea una descripción de un objeto material de la vista?

Sí; ya que, aunque mi reloj no sea un contorno borroso, es algo brillante y está allí. Supongamos que hubiera dicho: “Veo un contorno borroso rojo más o menos triangular aquí” y se hubiera podido descubrir cierta conexión causal a través de los centros visuales del cerebro entre aquello y la presencia de mi reloj allí; ¿hubiera sido correcto decir: “Lo que veo es mi reloj”? Creo que no.

Bertrand Russell

Un caso interesante es el de las muscae volitantes, como se las denomina. Consultas al médico y le dices: “Me pregunto si tengo algún problema en los ojos o en el cerebro. Veo”, (o quizás “Me parece ver”), “manchitas flotantes frente a los ojos”. El médico dice: “No es nada grave. Sí están allí”, (o “Lo que ves está allí”), “solo son unos restos que flotan en los líquidos del ojo. Estás un poco cansado y por eso tu cerebro no los ignora, eso es todo”. Las cosas que él dice que ves no están allí donde dices verlas: esa parte de la descripción intencional no es verdadera de nada relevante; pero no dice que lo que ves son esos restos solo porque los restos son la causa. En realidad sí hay manchitas flotantes. Si te hicieran ver un pequeño diablito rojo o la figura de un ocho, no diríamos que los viste. Tal vez sea posible pensar en casos en los que no exista nada en el objeto intencional que sugiera una descripción de lo que se ve materialmente. Dudo que esto pudiera ocurrir, excepto en casos de una percepción muy confundida: ¿cómo podría una descripción intencional muy definida estar ligada a un objeto material de la vista tan diferente? En tales casos, si estamos en duda, recurrimos a mover el supuesto objeto material para comprobar si su imagen borrosa, descolorida o fuera de lugar se mueve.

Cuando dijiste: “Veo”, creyendo que los objetos eran ilusorios, tu intención fue dar una descripción puramente intencional; le diste a las palabras “manchitas flotantes” un uso secundario. Resultó ser una sorpresa que hubieras tenido derecho a dar un sentido material a las palabras. En el famoso caso de la ilusión con mescalina de H. H. Price, cuando sin ningún trastorno en el juicio pudo describir lo que veía (una gran pila de hojas en su cubrecama, que sabía que no estaba allí), otra vez tenemos un uso secundario: las palabras “una pila de hojas” tenían la sola intención de describir una impresión.

Es importante destacar que muchas veces no existe respuesta a la pregunta sobre el sentido pretendido por una persona al usar la palabra “ver”, en cuanto a si lo dice en sentido material o no: es decir, si utiliza la palabra “ver” de manera que tuviera que corregirse en caso de que lo que dijo que vio no estuviera allí en verdad. Si estaba viendo erróneamente algo que estaba allí, por lo general querría corregirse al descubrir “lo que en realidad vio”. ¿Pero qué ocurre si lo que vio fue una alucinación?

La cuestión sería: suponiendo que en realidad ese fuera el caso, ¿afirmarías que quieres decir “ver” de manera tal que lo único necesario sería alterar lo que pretendes para la descripción del objeto, de pretenderlo en su uso primario como una descripción del objeto material de la vista a pretenderlo en un uso secundario como una descripción de una mera impresión?

Al enfrentarnos con tal pregunta, por lo general tenemos derecho a rechazarla, como diría Tommy Traddles: pero no es así, sabes, así que no lo supondremos si no te molesta. Incluso aunque no tuviéramos este derecho, por lo general no consideramos tal suposición y, por lo tanto, no tenemos una respuesta preparada. No es necesario que hayamos tenido la intención determinada de usar la palabra “ver” de una u otra forma.

Podríamos decir algo similar al cabo del “miembro fantasma”. Considero que la parte del cuerpo en la que se siente dolor es el objeto de una expresión verbal transitiva, “sentir dolor en —”. Entonces, cuando por ejemplo no existe el pie, pero X, sin estar al tanto de ello, dice que siente dolor en el pie, podría decir luego que estaba equivocado (“No vi a un león allí, porque no había ningún león”) o podría modificar su comprensión de la frase “mi pie”, de manera que se vuelva un objeto puramente intencional de la expresión verbal. Pero no tiene por qué estar predeterminado, en el caso normal de sentir dolor, ya sea que uno pretenda corregir la expresión “Siento dolor en —” o que se limite a alterar la intención al describir el lugar del dolor, si uno se diera cuenta de que tal lugar no existe.

[IV] Le debo mi agradecimiento al profesor Frank Ebersole por contarme una experiencia suya que dio lugar a este ejemplo.

[V] Ejemplo de M. Luckiesh.

[VI] Ejemplo de W. James.

[VII] Word and Object (Cambridge, Mass., 1960), p. 7.

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