Metafísica y filosofía de la mente

III Sustancia*

El planteamiento de ciertas dificultades sobre la noción de sustancia le corresponde en especial a la tradición empirista británica (es decir, nuestra tradición). Podemos divisar un punto de partida en las consideraciones de Descartes sobre la cera en la Segunda Meditación. Descartes concluyó que juzgamos la existencia de algo como esta cera por medio de un acto de percepción puramente intelectual: una doctrina de significado incierto.

Permítaseme esbozar al menos algunos de los problemas que ha suscitado esta cuestión. En primer lugar, está la idea del objeto individual. ¿Qué tipo de idea es y cómo se obtiene? Este objeto individual es el mismo (como decimos, “persiste”) a través de muchos cambios en sus propiedades o apariencias sensibles; ¿qué es el individuo mismo durante todo este tiempo? Segundo, si suponemos que en este caso en particular la respuesta a esa pregunta puede ser “Es cera”, ¿acaso no representa una objeción a dicha respuesta sostener que propone un término general, “cera”, para responder a la pregunta “¿Qué es este individuo?”? Sin dudas, lo que queremos saber es: ¿qué es la cosa individual en tanto que individuo, en su individualidad? No es posible dar respuesta a ello con un predicado que no solo puede ser lógicamente verdadero de muchos individuos, sino que de hecho no logra delimitar a este de los otros. Luego, incluso si aceptamos esta respuesta, “Es cera”, ¿qué podría ser el ser cera, si no es: ser blanco y sólido a tal o cual temperatura, derretirse a tal o cual temperatura…, etc., etc.? ¿Acaso las ideas de los tipos de sustancias no se obtienen a partir de listas más o menos arbitrarias, escogidas en torno a las propiedades que, por experiencia, se dan en conjunto? En ese caso, la idea general “cera” equivaldrá a la lista elegida, y el trozo de cera individual será, en cualquier momento, la suma de sus apariencias sensibles. Cualquier otra noción de sustancia sin duda nos expone, por un lado, a esencias reales incognoscibles y, por otro lado, a un “simple particular” ininteligible que subyace a las apariencias y es el sujeto de predicación, pero que, por esa misma razón, no se lo puede caracterizar en sí mismo con ningún predicado. Esta imagen de las apariencias o las propiedades como una especie de vestimenta nos recuerda a algunos de los versos de Butler sobre la Materia Prima:

Vio la materia prima desnuda;

la tomó desvestida, sola.

Antes de que tuviera un retazo de forma.

La imagen de la sustancia es inaceptable; entonces, siguiendo a Russell, debemos hablar de “conjuntos de cualidades” o, siguiendo a Ayer, de “totalidades de apariencias” que no están unificadas por su relación con algún otro ente, sino por sus propias interrelaciones. Sería mejor no admitir nada tan dudoso como aquella idea de sustancia “confusa y relativa” que, según Locke, traen aparejadas las ideas de cualidades, acciones y potencias: esto es, la idea del sustrato que las sustenta. (De hecho, creo que el tipo de explicación que da H. W. B. Joseph sobre el sujeto de predicación primario y sin carácter es una mezcla de lo que Locke dice sobre la sustancia y de (un intento por comprender a) Aristóteles sobre el cambio sustancial: aquello que no es X es en sí ni no X, sea lo que fuere X.)

Estos eran los argumentos y opiniones comunes en mis años de crecimiento y probablemente sigan siendo muy familiares. Una doctrina bastante relacionada con ellos, que ya ha sido criticada pero que es necesario refutar todo el tiempo, es la visión de que el individuo no tiene ninguna “esencia nominal”, es decir, que el nombre propio carece de toda connotación, o bien, que se reduce a una descripción incompleta y más o menos arbitraria que nos da la historia del individuo. Esta doctrina atañe a todos los nombres propios, no solo a los de las sustancias, pero también les cabe a las sustancias. Sobre ello ya escribí en otras ocasiones, aquí solo repetiré que describir una palabra como un nombre propio nos da una gran cantidad de información sobre su sentido, lo único que hace falta para completarla es decir de qué tipo de cosa es un nombre propio. La doctrina de que los individuos no poseen nada esencial sugiere una noción fantásmica del individuo como un “simple particular” sin propiedades, ya que supone una identidad continua independiente de aquello que sea verdadero del objeto. Se pensaba que esta era la noción de sustancia, cuyas objeciones eran muy conocidas[1]. Una de las consideraciones que se propusieron al sostener esta noción (ya que no se trata de un hombre de paja, porque algunos humanos reales la defendieron) parece tan necia que en verdad cuesta creerla, a saber, que la sustancia es el ente que posee las propiedades y que, por lo tanto, no tiene propiedades en sí misma. Los filósofos se han dividido entre quienes defienden dicha noción como necesaria y aquellos que rechazan la sustancia porque conlleva esta noción y es, por lo tanto, absurda.

René Descartes
René Descartes

El trozo de cera se derrite y se hace líquido. El argumento (si así se le puede llamar) del sujeto sin propiedades sugeriría que el sujeto de las propiedades “que se derrite” y “liquidez” es el individuo que en sí mismo no tiene propiedades. Esto depende de considerar que “en sí mismo” significa “sin propiedades”. Pero hay otro significado posible de “en sí mismo” que no lleva al sustrato sin carácter que se suponía que significaba “sustancia”. “Lo que una cosa tiene en sí” puede significar “Lo que siempre y necesariamente es verdadero de ella”. El argumento de Descartes era que la cera debía ser algo captado por la inteligencia porque todas las propiedades sensibles cambiaban, pero la cera siempre era la misma. Este argumento no requiere de un sujeto sin propiedades, sino de un sujeto con algunas propiedades permanentes que, sin embargo, él dice que no son “propiedades sensibles”.

¿Qué quiere decir Descartes con propiedades sensibles? Menciona el color, la forma, el tamaño, el ser líquido, el ser caliente, el no emitir sonido al tocarla. Luego de calentarla, “Aquello que se podía saborear, oler, ver, tocar u oír ha cambiado”.

Existen diferencias relevantes entre las propiedades mencionadas. El color visible, la forma y el tamaño no dependen de la sustancia. “El sonido que emite al tocarla” parece depender de la sustancia en este sentido: surge la pregunta “¿Si se toca qué?” y la respuesta es “la cera”. Pero el sonido en sí mismo, por supuesto, no depende de la sustancia. Lo que quiero decir con “no depende de la sustancia” es lo siguiente: se puede pensar en que un hombre vea una extensión de color sin que deba haber una sustancia (o un conjunto de sustancias, por supuesto) a la que pertenezca o de la que forme parte aquella extensión. Uno de los problemas epistemológicos que surge primero (o que me surgió primero) es: ¿cómo sé que las cosas que veo tienen una parte trasera? ¿Por qué no pueden tener el tipo de existencia puramente fenoménica que tiene un arco iris? Esta pregunta surge porque el color, junto con sus determinaciones de la forma y del tamaño, no depende de la sustancia. Es precisamente esto a lo que considero que apunta un filósofo cuando dice cosas como “Lo único que obtengo cuando observo y, como digo, veo una cortina roja es un contenido visual especificable como retazos claros, oscuros y de color, dispuestos de tal o cual manera”. No creo que sea una respuesta eficaz burlarse de él por decir de manera implícita que no ve, en sentido estricto, una cortina roja que cuelga y se pliega.

Las propiedades conocidas como cualidades secundarias en la filosofía moderna pueden considerarse “sensibles” en un sentido mucho más restringido que aquel en el que podemos decir que la maleabilidad es sensible. Para recibir impresiones de las cualidades secundarias, no hace falta más que dejar que el órgano sensible correspondiente sea impactado; por eso siempre se puede imaginar que la cualidad es un mero contenido sensible. Esto es, en efecto, mucho más fácil de imaginar para “blanco” que para “blando”, pero puede hacerse con todas esas cualidades.

Sin embargo, ninguna lista que incluya solo esas propiedades sensibles sería adecuada para contener la idea (la “definición nominal”) de un tipo de sustancia particular. Siempre existirán otras propiedades, como la maleabilidad y el derretirse a 44 °C, que, aunque eminentemente perceptibles por los sentidos, sean dependientes de una sustancia. El retazo rojo que ves puede tener, o se puede imaginar que solo tiene, el tipo de existencia que tiene un arco iris. Si le pidiera a alguien que comprobara si el arco iris es maleable o si se puede derretir a 44 °C, esto conllevaría una concepción del arco iris como algo compuesto de cierto tipo de materia.

Consideremos ahora la razonabilidad de definir una sustancia como la totalidad de sus apariencias. “Las apariencias” de una sustancia sugiere sus propiedades sensibles en el sentido restringido, es decir, las cualidades secundarias, junto con sus cualificaciones de tamaño, forma y disposición mutua.

Esta es la razón: por lo general, nuestros juicios sobre lo que está allí son correctos y, por lo tanto, no tenemos que preocuparnos por las apariencias; pero cuando son incorrectos, podemos apelar a las apariencias. Esta apelación puede consistir solo en decir “Parecía como si hubiera habido una mosca en la pintura, pero en realidad no” (aquí la apariencia es de una mosca), o, si extendemos la noción de “apariencia” al sentido del tacto, “Se sentía como si hubiera habido un pelaje en el agujero en el que introduje la mano, pero no lo había”. Aquí la apariencia es la de un pelaje: una apariencia al sentido del tacto, como la mosca lo era al sentido de la vista.

Retrato de un cartujo, Petrus Christus
Retrato de un cartujo, Petrus Christus

Cuando se dan estas apariencias, por lo general, las cualidades secundarias implicadas no son meras apariencias de cualidades secundarias. En una pintura trompe l’oeil, los colores no son una mera apariencia; más bien, por su disposición y relación con el entorno, son lo que da, o al menos son un elemento necesario para dar, la apariencia de que hay una mosca en la pintura de una azucena o un arco en una pared que lleva a otra sala. La suavidad sentida se relaciona de la misma manera con el juicio incorrecto “Allí hay un pelaje” que las manchas de color se relacionan con el juicio incorrecto “Allí hay una puerta”. Si uno no supiera qué hay allí, pero solo supiera, sin importar cómo, que el juicio que uno se vio inclinado a emitir, “Eso es una mosca” (o “Eso es un pelaje”), era incorrecto, se podría apelar a la descripción de las manchas de color (la textura) como aquello que uno vio (sintió) al haberse inclinado por pensar que uno vio una mosca (sintió un pelaje). De hecho, no tiene por qué existir una ilusión o un juicio incorrecto para permitirnos hacer una apelación como esta: este tipo de casos meramente nos lleva a apelar a ello y es por eso que resulta útil considerarlos.

Por estas razones, creo que en general nadie objetaría a denominar las “cualidades secundarias” (con sus cualificaciones inmediatas) como “apariencias” de las cosas que nos inclinamos por considerar que están allí al percibir las cualidades. Pero la maleabilidad, aunque es una propiedad sensible, no es así: no es, en todo caso, una apariencia de la cosa maleable. Por supuesto que puede haber una apariencia de maleabilidad en el sentido de que alguien podría hacer que algo parezca maleable, cuando en realidad no lo es; pero eso no significa que la “maleabilidad” en sí misma sea una palabra que designe una apariencia, es decir, una manera en la que las cosas impactan los sentidos.

Podemos considerar tres órdenes de predicados que corresponden a las sustancias; los predicados sustanciales mismos, como “vivo”, “caballo”, “oro”; los predicados que no son sustanciales, pero dependen de una sustancia, como “maleable”, “en polvo”, “despierto”; y los predicados que no son ni sustanciales ni dependen de sustancias. Estas son las palabras de las cualidades secundarias, junto con las cualificaciones similares.

Una vez más, si yo solicitara que compruebes si el arco iris se derrite a 44 °C, esto conllevaría una concepción del arco iris como algo compuesto de materia, de manera que se podría tomar una muestra y someterla a pruebas. La “maleabilidad” significa que la materia puede recibir diferentes formas que luego retendrá si no se la sigue manipulando. Así, no se podría aseverar que algo es maleable a menos que se tenga una concepción de una masa de materia cuyas propiedades pueden investigarse… Pero eso ya es tener una concepción parcial de sustancia. Entonces, aunque la maleabilidad es obviamente una propiedad sensible, un fenomenista total querría analizarla, tal como querría analizar los predicados sustanciales.

Los predicados sustanciales son más que dependientes de la sustancia. Nos dicen qué tipo o tipos de sustancia es esa masa de materia. Algo tiene que ser esa masa de materia para ser pasible de tener maleabilidad. Dicho así, parece como si fuera normal pasar directamente de la mera caracterización “masa de materia” a indagar sobre los predicados que dependen de la sustancia. Si bien esto podría ocurrir, no es lo normal; por lo general, ya se sabe que la masa es una masa de materia de cierto tipo (un trozo de cobre, por ejemplo) y ese tipo está expresado de manera más o menos específica por los predicados sustanciales. Muchos predicados sustanciales caben con naturalidad en la caracterización de las apariencias: se sentía como un pelaje, se veía como metal. Es notable que estas caracterizaciones suelen ser irreductibles. Si se sentía como un pelaje, se sentía suave; pero con la suavidad muy peculiar y característica de tal o cual tipo de pelaje.

Sin embargo, el hecho de que algo se vea, huela, sepa, se sienta o suene como X (o tantas cosas como sea posible) no prueba que sea X: todo esto es apariencia, capaz de entrar en conflicto con la realidad. Por ejemplo, podría no tener el origen, la estructura química o las propiedades reactivas correctas para que sea X. Los predicados que expresan el origen de una sustancia probablemente sean (y los predicados que expresan su estructura química sin dudas son) en sí mismos predicados sustanciales.

Algunos querrán saber por qué las cualidades secundarias no dependen de las sustancias. Dije que el rojo que se percibe puede tener una existencia como la del arco iris; puede ser un color que se ve desde cierta posición, pero no el color de una sustancia. Alguien podría decirme: “Supongamos que sabes con certeza que lo que observas es el color del plato rojo. Ves lo que evidentemente es un simple plato rojo de color uniforme. La suposición de que esto es apenas una mancha roja que se ve al mirar en aquella dirección, sin más existencia sustancial que la del arco iris, es ridícula: sabes que no hay duda al respecto. Lo rojo es el rojo del plato, tal como ese otro rojo es el rojo de la cortina. El plato y la cortina no están ocultos en absoluto, no son sustratos velados e incognoscibles, sino que implican una existencia sustancial y el hacer referencia a ellos forma parte de tu descripción de las manchas rojas que ves. Entonces, ¿no dependen también los colores de la sustancia, si son colores de objetos? Está claro que no tiene el mismo tipo de participación en la sustancia que la maleabilidad, pero partiendo del hecho de que no todo lo rojo que observes tiene que ser el rojo de algo, inferiste que nada rojo que veas se puede percibir de inmediato como el rojo de algo; esto no tiene justificación alguna”.

Aristóteles
Aristóteles

Me temo que esto nos lleva de vuelta a donde empezamos. Descartes definió la sustancia como aquello que no necesita nada más (salvo la cooperación divina) para existir; pero si se le presentara la objeción de que muchas sustancias necesitan oxígeno o determinada temperatura para existir, sin dudas diría que no se refería a ello; entonces, es probable que quisiera decir algo parecido a Aristóteles, quien definió la sustancia individual como aquello que existe sin predicarse de ni existir en otro.

Consideremos pues las manchas rojas de la filosofía de Cambridge en el siglo XX (“Veo una mancha roja” parecía ser muy claro, muy preciso, muy seguro) y preguntémonos: ¿son estas sustancias en el sentido aristotélicocartesiano? Sin dudas podía decirse que eran individuos, particulares; ¿tendríamos que decir, entonces: deberían haberse concebido como sustancias, si una sustancia tiene existencia independiente, es decir, no existe en otro?

La respuesta dependerá (1) de si se supone que estas manchas rojas, asumidas como entes reales, son objetos puramente sensibles y (2) de si se piensa que no tienen meramente una esse que es percipi, sino que también existen como algo esencialmente dependiente de un acto de percipere de una sustancia mental. Solo me ocuparé de la primera pregunta, que pienso que se podrá explicar, quizás resolver, de la siguiente manera:

si lo que observo es un simple plato rojo, entonces lo que hay ante mí a simple vista es una extensión de color rojo estable. Pero veo cierta variación producida por la sombra en determinada parte del plato, que no es plano, sino que se curva en el borde. Si observo con atención, notaré muchas variaciones en la apariencia de la superficie, algunos puntos muy luminosos y vetas minúsculas, algunos son unas partículas de polvo, algunos son diminutas variaciones de luz y sombra. También veo realces. Sin embargo, puedo decir con seguridad que este es un plato rojo uniforme. Aprendo a decir “plato rojo” o “puerta blanca” sin prestar atención a los brillos, las vetas y las variaciones de luz y sombra. Pues bien, si hablo de la mancha roja que veo, ¿acaso la parte donde se nota el realce forma parte de esa mancha? Esa parte de la extensión es de un color rojo estable y digo que veo algo de color rojo uniforme. Pero si donde no observo rojo, sino un realce, es parte de la mancha roja que observo, entonces la mancha roja no es algo cuyo esse sea percipi. Su color rojo es un color rojo estable, que yo no veo en todas partes, aunque sí veo toda la extensión considerada. Entonces, no es una sustancia según la definición aristotélicocartesiana: su identidad es aquella de un color estable de esa parte de la superficie de un plato y su existencia está en otro.

Para un fenomenista, esta mancha roja, que es = a la extensión del plato que puedo ver, es una construcción, una inferencia, tanto como lo es el plato mismo. El hecho de que el realce se mueva a través del plato al mover la cabeza o el plato prueba que no es más que un brillo; pero el hecho de que se moverá no se puede ver al verlo, solo se puede juzgar o inferir en base a ciertos fundamentos: esos fundamentos deben ser cómo se ve ahora, junto con mi experiencia pasada.

¿No existe una descripción que exprese simplemente lo que se ve y que no dependa de si una u otra cosa que no pueda ser vista en ese instante sea el caso? Por supuesto, lo que uno ve es un plato, pero no es un plato si no tiene una parte trasera y no es posible ver en el mismo acto que tiene parte trasera. Entonces, sin dudas, “un plato” es sencillamente una descripción verdadera de qué es en realidad lo que uno ve y, quizás también, una descripción directa de lo que uno percibe; pero aun así, en cierto sentido de “ver” hay más de lo que uno puede ver al llamarlo un plato, como en el caso de la frase de John Austin, “Hoy vi a un hombre nacido en Jerusalén” (dicha en Oxford). Por supuesto que no se percibe la característica del nacimiento en Jerusalén al ver a un hombre, entonces este caso es bastante claro… ¿Pero no son ambos casos similares en esencia? Tan solo nos distrae el hecho de que no existe la característica visible de “nacido en Jerusalén” en un hombre, mientras que sí existe la característica visible de “plato” en algo…

¿En qué? Aquí uno querría decir algo parecido a: la mancha roja vista, la que no es roja donde se encuentran los realces y que tiene muchos matices gracias a las sombras y a todo tipo de puntos y vetas.

Pero ni siquiera esta mancha roja es aquello cuyo esse es percipi, a menos que supongamos que podemos evitar notar el verdadero carácter de aquello cuyo esse es percipi, observarlo con mayor detenimiento, darnos cuenta del error cometido, puesto que el hallazgo de los puntos, las vetas, las sombras y los realces es un proceso gradual de descubrimiento.

John Locke
John Locke

Locke:

Cuando colocamos ante nuestros ojos un globo esférico de cualquier color uniforme, por ejemplo, dorado, alabastro o azabache, ciertamente la idea que se imprime entonces en nuestra mente es la de un círculo plano, con diversas sombras y varios grados de luz y luminosidad ante nuestros ojos. Pero habiéndonos acostumbrado por el uso a percibir qué tipo de apariencia nos transmiten los cuerpos convexos, qué alteraciones sufren los reflejos de luz por la diferencia de las figuras sensibles de los cuerpos, el juicio transforma, por costumbre, las apariencias en sus causas: así es que, aquello que en realidad son variaciones de sombras o de color reunidas en la figura, lo hace pasar por el contorno de una figura y conforma para sí mismo la percepción de una figura convexa y un color uniforme, cuando la idea que de allí recibimos no es más que un plano de diversos colores, como deja en evidencia la pintura.

La noción de “idea”, como la llama Locke (o sensación visual, impresión, experiencia o dato, como algunos autores posteriores llamaron a lo mismo), es en este contexto, yo diría, una mezcla de nociones dispares: Lo que tengo la impresión de ver, que bien podría decirse es “un globo” o “un plato rojo”, y algo muy diferente y muy difícil de alcanzar, que podríamos llamar lo “puramente visual” de aquello que se ve. Es lo que se obtendría si, siguiendo la sugerencia de Leonardo, sostuviéramos un panel de vidrio vertical frente a nosotros al mirar hacia adelante y supusiéramos que estamos pintados en él, exactamente con los mismos colores que están detrás, tal como se ven, en cada parte. El resultado representa lo que se considera que es la impresión visual mínima y no interpretada, que es la base de todo lo demás. Parece que, según esta concepción, la diferencia entre la apariencia objetiva y la subjetiva, entre el realce o el color transformado según la luz con que se mire, por un lado, y los colores y las perspectivas astigmáticas o resultantes de una droga, por el otro, fueran irrelevantes. Pero este panel sería, a su vez, solo un objeto ordinario de la percepción: sirve a otro propósito; apenas muestra lo que debe entenderse como una imagen de un objeto puramente visual.

* De Proceedings of the Aristotelian Society, volumen complementario, 38 (1964).

[1] Lamentablemente, esta creencia no es cosa del pasado como suponía. Ver por ejemplo A. H. Basson, David Hume (Londres, 1958), pp. 136ff., y J. P. Griffin, Wittgenstein’s Logical Atomism (Oxford, 1964), p. 71: la tinta de este último apenas está seca.

Don't miss out!
Suscripción al blog

Recibí un aviso en tu correo electrónico con cada publicación nueva

Invalid email address
La suscripción se puede cancelar en cualquier momento